martes, 14 de diciembre de 2010

Todas las películas hablan de él

Nos conocimos una noche en la que yo iba de Clyde, rodeada de algunas Bonnies. Fuimos a propósito a un bar de la Diagonal para verlo con nuestros propios ojos, nos dijeron que él estaría allí y nos costaba creerlo. El impacto fue brutal. Se acercó inmediatamente. Era un galán loser, medio loco y muy listo, simpático, divertido y encantador, que fingió que le arreglaba un zapato a mi amiga La Loca, se le había roto un tacón. También fingió que me regañaba delante de todo el mundo supongo que para impresionarme. No lo consiguió.

Volvimos a coincidir meses después, en noviembre. Nos emborrachamos en el Milano con otros que también se emborracharon por culpa de los tequilas letales a los que siempre nos invita un amigo. Acabamos en el Luz de Gas, él contándome historias desgarradadoras, yo con el corazón hecho un trapo.

No sé si sería una estrategia o qué, pero su rollo surtió efecto. Lo acompañé a un taxi, del taxi lo acompañé al hotel. Me dijo que quería que me fuera con él a Madrid, que viviéramos juntos. Luego cayó redondo en la cama y se quedó profundamente dormido.

A la mañana siguiente aún se acordaba de mí. Consiguió mi número y me llamó con una excusa rara. Yo me olvidé de él, pero no del todo: siempre tendría una anécdota que contar. Días antes del puente de la Constitución, me escribió un mensaje: tenía que venir a Barcelona. Vale, pues iremos a tomar un aperitivo a la Boqueria. “¿Y no quieres tomarte otro en Madrid?”. Convénceme de que el trabajo no es tan importante. “Aquí nieva y estoy frente a la chimenea, además cocino muy bien”. Si no lo consigues así es que no tengo sentimientos. Etcétera.

Fui a buscarlo a la estación preguntándome qué coño estaba haciendo. Dejarme seducir por él era lo más friki que haría en la vida. Me dijo que necesitaba unos zapatos nuevos y lo acompañé a comprarse unos. La gente nos miraba en la Rambla.

Antes pasamos por su hotel y, en la recepción, me soltó a bocajarro: quiero pasar contigo todo el tiempo posible, intentaré no separarme de ti. No supe qué decir. Me reí. Este tío me descoloca. Nos tomamos unos boquerones y unas cañas en La Bodegueta. La gente le felicitaba, se sacaba fotos con él, uno le pidió un autógrafo, le saludaban y le decían que muy bien.

Le hicieron una entrevista en una televisión. Volvimos al Milano, nos tomamos uns gintónics. Vinieron mis amigos y algún amigo suyo. No nos emborrachamos tanto como la otra vez. Por eso, cuando me dijo que me amaba, que se había pasado las tres semanas pensando en mí, comprando el periódico a diario para leer mis artículos, flipé. Puse los ojos como platos. Le dije: no puede ser. Él sonrió resignado. Ése es el papel que represento normalmente, me lo había arrebatado. La que suelta barbaridades sentimentales para dejar al otro clavado soy yo. Y de repente me tocaba dar la réplica. Nunca había estado al otro lado.

De todos modos, le creo solo a medias; al fin y al cabo, ambos trabajamos con la ficción. Sabemos jugar con ella. Dominamos, cada uno a su manera, los trucos de la interpretación.

Le propuse que tuviéramos un amor platónico para hacer algo distinto de lo que había hecho él con sus tres mil mujeres, yo con los doscientos hombres con los que me habré acostado. ¿Doscientos?, preguntó con cierta incredulidad. Bueno, dejémoslo en cien. Dijo que haríamos lo que yo quisiera, aunque debía matizar que no le parecía una buena idea: si lo único que había funcionado con toda esa gente era el sexo, ¿por qué privarnos de él? Tiene lógica.

Al día siguiente fuimos a Madrid, al estreno de Todas las canciones hablan de mí. Salimos con el futuro inmediato del cine español y nos divertimos hasta tarde. Hablé con el director de Pagafantas sobre su madre, que debe ser el personaje más bizarro y extraordinario sobre la faz de la tierra: la buena mujer mira la televisión a través de un espejo porque no le gusta dónde está colocada en su habitación. Evidentemente, puede ir olvidándose de las versiones subtituladas.

Hemos pasado juntos casi una semana comiendo castañas junto al fuego, tomando cañas con sus amigos, paseando con su perro cojo por el Escorial, viendo el capítulo más demencial de su serie. He jugado a la Play con su hijo, he hecho los deberes con él, le conté el chiste del bollo que habla. Es verdad que cocina bien, ahora unas lentejas, ahora un pescado con naranja.

Desayunábamos durante horas en su porche con vistas a la Sierra, mientras leíamos la prensa, él sin miedo ni pudor alguno a decirme que me adora. “Así que eres una mantis religiosa, eh?”. No le cuelo una. Y me acerca una tostada con tomate a la boca.

Me enseña su Harley Davidson de montaña. Me promete que me llevará a pasear, le contesto que odio que me digan cosas que no van a cumplirse, me pregunta cuándo me ha fallado, le respondo que no ha tenido tiempo, asegura que nunca. De cine, vaya.

Creo que, por primera vez en mi vida, me he dejado llevar, aunque fuera a rastras. Me lo ha dado todo y el muy capullo dice que no tiene mucho que ofrecer. Ignoro si lo hace para que le quiera, pero aun así, ¿por qué yo? ¿Qué saca él? Y pensar así me repugna, tanto miedo y tanto recelo. Tanta estupidez.

Mientras volvía en el AVE con una sonrisa boba que no se borró ni durante las tres horas de viaje ni se ha borrado después, pensé que todo es tan raro como sencillo. He hecho con él aquello de lo que siempre he huido. Y no se trata solo de simular una cotidianidad con alguien cuyo pasado es de todo menos cotidiano (preguntó: ¿crees que soy un seta?). No se trata de pasar un fin de semana hogareño con sus conversaciones de pueblo, el señor que nos sirve unos garbanzos, la señora que nos sirve un café, cómo va todo, todo muy bien, comer en el Burger King con tres niños y llevarlos después a una fiesta de cumpleaños. Ni siquiera me acuerdo de que es -o de que fue-, como él dice, “famosete”. No se trata de eso.

Volvía en tren y comprendía que, tal vez por primera vez, me he dejado querer. Sin pedirlo, sin esperarlo, sin buscarlo, sin quererlo siquiera. Y, con la alegría que eso provoca, se mezclaba una suerte de angustia cobarde al entender que, ahora que lo he vivido, me costaría vivir sin ello. Pero, bien pensado, no tengo por qué hacerlo. Acojona pensarlo, es cierto. Sentirlo, no tanto.

Con la farándula nunca sabes cuánde caerá el telón. Poco importa. Han sido unos días preciosos, lejos del mundo en el que suelo moverme, ordenador, móvil, correos electrónicos, entregas inmediatas, redes sociales, insomnio y estrés. Ha sido muy bonito y se ha convertido mucho más que en una anécdota que podré contar.

El final será tan rotundo como un The End y los títulos de crédito. Sonará la música si esto no se convierte en un filme de Haneke, entonces tendremos que abandonar la butaca en silencio. Pero esto no tiene pinta de ser una película de Haneke.

La pregunta está en si aprovecharemos la oscuridad de la sala para secarnos las lágrimas. No, ésa no es todavía la pregunta. La historia acaba de empezar.

Soy la cazadora cazada, la conquistadora conquistada, la amante enamorada no únicamente del amor, como Truffaut. Y me he dejado embaucar precisamente por alguien que antes iba de eso, de pequeño cortejador. Bueno, qué más da. No me apetece asimilar la sorpresa, pero tampoco me atrevo a exclamarlo a los cuatro vientos. Es todo mucho más simple, más asequible. Tenía que ser así. Soy feliz y ya está. Y eso, en realidad, es lo más grande.

Se despidió con un: "y ahora te reirás de mí con tus amigos". Bueno, reconozco que inicialmente ése era el plan. Pero de repente soy incapaz de hacerlo. Sin duda es absurdo, pero en cierto modo le quiero. Tanto como me lo permite este recelo absurdo porque cualquier representación, por muy lograda que esté, hace que todo parezca imposible.

Ayer le escribí para contárselo, me cuesta expresarme si no es por escrito. Temí que, negro sobre blanco, yo en mi papel de nuevo -hola qué tal, esto es lo que siento-, él se fuera corriendo. No sería el primero. Nada de eso. Esta historia no se parece a ninguna de las que haya protagonizado hasta ahora.

Contestó que se sabe mi carta de memoria. Bueno, a fin de cuentas, a él le toca repasar el guión. Yo estoy aprendiendo a improvisar.

El domingo volveremos a vernos.


lunes, 6 de diciembre de 2010

La puta reina de corazones

La noche del viernes empezó con este mensaje prometedor: “Me hiciste un facial lotion y fuiste un fuck&run, por lo tanto: eres gay”. (Nota. Facial Lotion: dícese de una corrida en tu cara; Fuck'N'Run: dícese del que se corre y se va corriendo en tu cara).

Luego llegaron el novio de mi amiga La Loca y sus colegas físicos. Cuando tienen prisa, el novio de mi amiga La Loca le dice cosas tan románticas como: “¿Podemos echar un polvo de colegueo?”. Una vez le escupió en la cara para que superara el trauma. Es un encanto. Sus amigos también lo son.

Antes yo solía ser más química, me tentaba encontrar la fórmula de la adrenalina, el amor y esas paridas. Pero últimamente me he puesto en plan físico. Siempre estoy rodeada de chicos guapos y sólo me lío con chicos guapos. Podría decir que porque los extremos se atraen, pero pecaría de falsa modestia y mentiría. Tengo la gran suerte de haber conocido a unos cuantos tíos buenos interesantes.

Uno de los colegas del novio de mi amiga La Loca es alto (dos metros), rubio, tiene los ojos azules y la tez fina. Parece mucho más joven de lo que es, dice que de tanto beber (el alcohol conserva, y si no, fijémonos en Ana María Matute) y de fumar (mi abuela de 90 tacos se mete un paquete de negro diario; hablamos de tabaco). Su sentido del humor es tan fino como su tez. También es parco en palabras. El pobre es alemán y nunca sabes si te está entendiendo, si es capaz de expresarse o si realmente se aburre. Él asegura aburrirse a menudo y no puede creerse que yo no me haya aburrido en la vida.

Le pregunté qué hace cuando se aburre. Me contestó: “Miro la pared”. ¿Y nada más? “No”. Vaya, parece interesante. “Mis paredes no son interesantes”. ¿Y no fumas o algo así? “Sí, fumo y miro la pared”. Ya.

El Alemán y el novio de mi amiga La Loca trabajan en Castelldefels. Me pareció entender que son investigadores, pero no supieron explicarme qué investigan exactamente. Algo de mecánica cuántica. Según ellos, yo enfocaba mal la pregunta: quería saber “por qué”, cuando ellos investigan el “cómo”.

Hablamos del principio de la termodinámica y era muy bonito, porque la materia se sostiene por pura atracción. No supieron responder a si tenemos ojos para ver o vemos porque tenemos ojos. En cambio, me pusieron un ejemplo muy raro sobre lo que haces cuando alguien está enfermo: llamas a la ambulancia y lo normal es que la ambulancia se lleve al enfermo al hospital y que allí lo curen. En fin, no sé qué coño tiene que ver eso con la mecánica cuántica y sus investigaciones en Castelldefels, pero me pareció fascinante.

Como no me rindo fácilmente, lo intenté por otros medios. ¿Qué hacéis durante el día? El Alemán: “Llegamos al trabajo y leemos los periódicos”. ¿Y después? “Tomamos un café”. ¿Y después? “Trabajamos”. ¿De qué manera? “Nos sentamos ante una hoja en blanco y pensamos”. Vale. ¿Y entonces? “Pues eso”.

Tras pasar un rato en el Masía, fuimos al Raval, donde se agregó un compañero de piso del novio de mi amiga La Loca. Ayer se tomaron unas setas alucinógenas para adornarlo, seguro que ha quedado muy bien. El piso, digo.

Luego fuimos al Big Bang, que es un atro terrorífico lleno de chicos feos y pocas chicas. La Loca y yo nos acercamos al único que era un poco monillo y le dijimos que tenía una nariz muy bonita. Le preguntamos: “¿Eres judío?”. Y él: “No, pero me llamo Israel”. Quisimos saber quién le había puesto un ojo morado, pero él se hacía el loco todo el rato, fingía que no sabía de qué le estábamos hablando. Hasta que de repente se retiró el pelo de la cara y, joder, no es que tuviera un ojo morado, es que era la sombra del flequillo. Pensó que nos faltaba algo. Sí, nos faltó vista. Y vergüenza.

Llegó el tercer amigo del novio de mi amiga La Loca, también físico y con una pinta de nerd que tiraba de espaldas. Es un tío superdivertido que soltaba un montón de tonterías muy graciosas e ingeniosas. La cuestión: que cuando La Loca y su novio se fueron, me los llevé a todos a La [2] del Apolo, y como el Alemán es un percha, le colgué el abrigo y la bufanda mientras bailaba. Todas las tías iban a por él, pero él no estaba interesado. 

El sábado, con un dolor de cabeza que sólo pudo provocar el puto último gintónic de la noche (sin duda de garrafón), me enteré de que nunca nadie había conseguido arrastrar al Alemán hasta el Apolo, lo que no hizo que me sintiera especialmente orgullosa, pero alteró mi ego un poco.

El sábado fue un día de mierda que pasé tirada en el sofá con una resaca de mierda, tras haber estado cuatro semanas sin librar ni un puto día de mierda, bebiéndome hasta las macetas para sobrevivir y fumándome lo que no está escrito. Por la noche se me ocurrió la genial idea de quedar con Mi Amor Sobre Ruedas. Quise que todo saliera bien. Desde que volvió de Asia nos habíamos visto un par de veces y en ambas ocasiones nuestro encuentro fue un desastre. Él no se dio cuenta, pero la tercera también lo fue. 

Como me pidió que no publicara aquella conversación-bucle que tuvimos en este blog, me meteré directamente en la cama, donde primero tuve náuseas y después un sueño intranquilo repleto de pesadillas: en unas, miraba unas fotos que acababan de sacarme y descubría que tenía los brazos gordos y llenos de estrías. ¿Por qué nadie me había avisado de que estaba gorda y fofa? En otras, abría la boca y veía mis encías sanguinolentas, mis muelas podridas y negras. En fin, que mi subconsciente es bastante obvio: soy un ogro.

Me desperté unas doscientas veces y por fin decidí levantarme para seguir trabajando. No soy controladora aérea, aunque me resulta imposible dejarme llevar y volar sin control. Me enteré de que una amiga en quinto mes de gestación fue a hacerse una revisión para saber de qué sexo es su criatura, llevaba años queriendo quedarse embarazada y ya tiene cuarenta. La criatura es niña. Pero tiene una deformidad grave en el cráneo. Me cago en la puta ginecóloga que tuvo que decirle: tu monstruo habría sido mujer. Porque entonces ya convertía a su feto en persona, en alguien en quien pensar. Todos sabíamos a través de emocionados SMS que era del Barça, durante el clásico dio muchas patadas.

El horror, el horror. Ayer quedé con mi Examante Que Una Vez Huyó Bajo la Lluvia. Hice algo absolutamente inaudito en mí: bajé al OpenCor y compré vino y la cena. Nada currado, unos solomillos. Cuando llegó a casa, flipó. Él no podía entender mi miedo a ser poco femenina (creo que las mujeres hacen este tipo de cosas), el asco que siento a veces, el odio que me tengo porque es verdad lo que dijo uno de mis primeros amantes (uno de los primeros!), que voy por ahí sembrando cadáveres. Y quien siembra... Antes estas cosas no me afectaban. 

No llegamos a cenar, claro. Brindamos y mi Examante Que Una Vez Huyó Bajo la Lluvia soltó alguna bordería. Le dije en broma: ya no te quiero. Contestó: nunca me has querido, eres una mantis religiosa y te aprovecharás de mí hasta que me arranques la cabeza.

Soy la puta reina de corazones.

Que alguien me saque de este papel, si es posible. Gracias.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Corazón de cerdo




Voy al médico y le pregunto sobre eso que han descubierto del corazón. Por lo visto, pueden vaciarlo y rellenarlo con células primarias de otro que no esté dañado. “El mío está muy mal”, le digo, “normalmente no late, pero de repente da un vuelco y estoy a punto de tener un infarto; desde que se rompió, ya no es el mismo”.

Quedó hecho añicos hará unos cinco años. Nunca antes había tenido un rasguño. También es cierto que nunca antes había conocido a un Hombre de Hojalata. Me esforcé cuanto pude para que me quisiera. Y lo curioso es que lo conseguí. Pero ya era demasiado tarde. El tiempo que dediqué a ir derribando sus defensas, tan estúpidas y cobardes, me faltó luego para recomponer aquel puñado de nada al que había quedado reducido mi corazón. Necesité mucha paciencia y mucho superglue para conseguir que sus piezas encajaran. Sin embargo, me aterrorizaba tener emociones fuertes; sabía que la mínima sacudida lo destrozaría de nuevo. Por eso me dejé amar por un chico maravilloso que me llevaba entre algodones, y me acostumbré a que me trataran así de bien.

El problema es que él no se sentía correspondido del todo. Tampoco los que llegaron más tarde. Es decir, intuían que les quería, pero en mi reserva levantaban la suya. En cierto modo, me temían. Soy una morbosa, aspiro al deseo, ese imposible al alcance de la mano. Conseguir algo o a alguien equivale a dejar de desearlo porque ahí está. Y tal vez, con un corazón mal reparado, yo no pudiera aspirar a nada más. Sólo me tentaba el desafío.

O lo que es peor: ésa era mi excusa, inaceptable en cualquier caso. Poner trabas es demostrarle al otro que su empeño no vale la pena.

Intenté cambiar. De acuerdo, tal vez me asustara sentir según qué, pero eso no quitaba que me gustaran las personas. Podía decirles lo mucho que me gustaban. Volvieron a temerme, pero por todo lo contrario. No está bien visto que le digas a tu amante “joder, estoy muy bien contigo”, aunque sea la puta verdad. Piensa que le estás diciendo algo más. Peor: piensa que le estás pidiendo algo.

Lo recuerdo en mi anterior casa, yo destrozada porque cuando estoy cansada pierdo los papeles y lloriqueo como una niña caprichosa. Lo recuerdo arguyendo que no tenía cojones y que tenía que irse. No estaba enamorada, sólo necesitaba un poco de paciencia, un poco de cariño, y ni siquiera se lo estaba exigiendo, quédate un poco más. El sexo es lo de menos. Por fin lo ha entendido, no sé cuántos años después. El sábado pasado estábamos en el Michael Collins tomándonos una cerveza, y yo me reía de él y de aquella madrugada lejana que huyó y llovía, y luego pilló una pulmonía por gilipollas integral. Desde entonces, cada vez que llueve, le digo: “Por qué no te vas?”.

“Sois unos arrogantes. Creéis que estoy enamorada de vosotros y que os haré la vida imposible, cuando lo único que hago es deciros lo que soy capaz de sentir porque estoy orgullosa de poder sentirlo y contenta de poder expresarlo; llevaba treinta años de mutismo y la exaltación forma parte de mi felicidad”. Y la vida es muy corta, qué coño, y estoy harta de estrategias y mi corazón no funciona. A otros no les funciona la cabeza y es peor, pero eso está socialmente aceptado.

La puta arrogancia masculina. La puta vanidad femenina. Mi amiga La Loca no comprende que alguien pueda no perder el culo por ella. Y en realidad, supongo que a todos nos pasa más o menos lo mismo. Somos cojonudos, no te jode, qué mejor plan que pasar un rato conmigo.

Sentados en el Michael Collins, cerveza en mano, le hablaba al Examante Que Una vez Huyó Bajo La Lluvia del bloguero al que conocí por internet y con quien pienso casarme sin su permiso (como no viviremos juntos, nos enviaremos a nuestro hijo vía AVE, que será muy espabilado y acabará descubriendo la vacuna contra el cáncer). El bloguero también se acojonó. Tuve que explicarle que, aunque lo nuestro esté por escrito, sólo está por escrito. No pienso plantarme en tu casa para que te replantees tu vida, muchacho.

Le hablaba de otro Hombre de Hojalata que va de no-me-acerco-a-ti-para-no-hacerte-daño-pero-no-creas-que-te-evito, cuando en realidad lo que pasa es que pasa; de mí, quiero decir. Y no pasa nada. Me hubiera gustado que fuéramos amigos porque me cae bien y todo eso. Pero tiene los dedos demasiado delgados para que lo nuestro funcionara en la cama. Cada vez que intento acercarme a él movida por el recuerdo de algún buen capítulo que compartimos, me rehuye. Y ah, la vanidad, me resisto a entender por qué. Aunque lo entiendo perfectamente. 

No le hablaba de Mi Amor Sobre Ruedas, que sin duda pretende conmigo este mismo acercamiento incondicional. Mi Amor Sobre Ruedas tiene un corazón de oro a prueba de balas, a prueba de sustos, de disgustos y de mí. Y le quiero. Él lo sabe. Yo le arranqué de cuajo ese corazón de oro para colgármelo del cuello como la medalla de un mafioso, y sin embargo tiene otro de repuesto. Y otro y otro. Está llegando ahora mismo de su viaje por Asia.

Un tipo que bebía chupitos en la barra de Michael Collins se puso a hablar conmigo. El Examante Que Una Vez Huyó Bajo La Lluvia me preguntó: “¿Por qué atraes a todo el mundo?”. O a lo mejor fue: “¿Por qué todos los frikis se acercan a ti?”.

Ayer fui yo quien me acercaba a ellos para presentarles a una amiga de Madrid. Me puse una minifalda muy corta, botas, camisa de leñadora, salimos a cazar. La Loca, que la semana pasada se había enamorado por enésima vez de algún millonario que conoció por ahí, volvió a enamorarse, en esta ocasión de un físico asturiano y veinteañero que hoy ya es su novio. Mi estrategia para ligar era: "Mi amiga es extremeña y dice que no hay ni un chico guapo en todo el bar, vamos a demostrarle que se equivoca, en realidad creo que le gustas tú".

De repente, apareció un sevillano que conocí una noche en Girona, cuando huía de un hombre que había reservado habitación en un hotel; eran las tres de la madrugada, llovía y el primer tren a Barcelona salía a las siete de la mañana. Lo que me diferenciaba de mi Examante Que Huyó Bajo La Lluvia (y a quien aún no conocía) era que ese tío del hotel nunca fue mi amante, pero lo veía dispuesto a todo para conseguirlo. Salí corriendo, como digo, y hacía frío. Y por suerte encontré un bar abierto, conocí al sevillano y me llevó a casa de unos amigos, por la mañana compré cruasanes para todos. El sevillano y yo pasamos un fin de año en Bruselas hace más de seis. Nunca más supe de él, ayer me dijo que acaba de regresar del Congo. Insisto. Todos vuelven. Los oscuros golondrinos.

También mi Examante Que Una Vez Huyó Bajo La Lluvia. Mientras hablaba con el sevillano y me tomaba la cerveza número doscientos tres, apareció por sorpresa. Sigue teniendo cierto miedo a decir lo que siente, pero por lo menos le ha quedado claro que yo, igual que él, tampoco quiero salir con nadie. Las parejas ya no existen, paso de novios, al contrario que mi amiga La Loca. Y odio a las exnovias, que son el puto mayor problema de este mundo. Sin ellas, todo resultaría mucho más sencillo.

Vanidad, deseo, pasado, ganas de decir lo que siento porque para mí es algo nuevo y a todos nos excita la novedad. Las cosas claras, para qué perder el tiempo. Un corazón reconstruido que, pese a todo, a veces prefiere permanecer latente a latir manifiestamente. O al revés: prefiere exhibirse loco antes que confesarse roto.

Sí, tengo sentimientos, aunque siempre diga que no. Pero me cuesta entender el reparo de los demás, su lentitud a la hora de asimilar que lo que me ocurre es que ya no tengo miedo a expresarme. Es mi única arma para defender este pingajo que guardo en el pecho hasta que funcione a toda hostia y reviente. “Vacíemelo, doctor, y rellénemelo con lo que sea, da igual si es de cerdo”.

El cardiólogo sonríe y recomienda: “No intentes alejarte de los Hombres de Hojalata porque ése es el único imán con el que cuentan”. Tras una revisión, me da el alta: “Estás estupendamente”. El amor todo lo cura.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Hombres supuestamente interesantes con los nunca volveré a acostarme (IV)

El tío bueno de manual. Este post explica por qué el verano de 2003 fue el más caluroso de la historia. Lo conocí por Internet. De hecho, lo conocí a través de un foro de cine. Entonces no chateaba ni nada, pero era un poco cinéfila y, no sé por qué, me llamó la atención la discusión que él había iniciado bajo el epígrafe ODIO A NANNI MORETTI!!!, así en mayúsculas y un montón de signos de exclamación. Decía que La habitación del hijo era una puta mierda. No recuerdo qué contesté, pero al día siguiente tenía un e-mail suyo bastante divertido en la bandeja de entrada, así que empezamos a escribirnos casi a diario, a ver quién era más chulo, y creo que me dejé ganar.

Una cosa llevó a la otra y, por pura soberbia, decidimos quedar con un par de cojones o varios. Nos citamos en la puerta del Verdi, pero antes me emborraché en casa de un amigo que vivía delante porque una cosa es tener arrojo, y otra muy distinta presentarte sobria a una cita a ciegas. De hecho, tan ciega iba, que me costó creer lo que vieron mis ojos: el tío estaba buenísimo. Pero no estaba bueno porque mira, visto lo visto, tiene un pase y tapándole la cara con la almohada, todavía. Tampoco estaba bueno porque me cayera bien y eso. No: estaba buenísimo de verdad. Como un puto tren, era un jodido adonis. Ojos azules, pelo rizado y moreno, un cuerpazo.

Fuimos a tomar algo al Blues Café y me contó que su novia estaba trabajando en Formentera, no regresaría a Barcelona hasta septiembre. Yo también salía más o menos con un buen chico al que ayudé tanto como puteé, aunque él ahora sólo se acuerde de la primera parte. Pillamos taxi y cuando llegamos a su casa le di un beso en la mejilla, adiós. El tío flipaba. Se quedó en medio de la calle Padilla mirándome como si estuviera loca mientras yo le decía al taxista: arranque. Evidentemente, me conecté nada más llegar y le envié un mail. Volvimos a quedar al cabo de dos días.

Era 21 de junio, justo cuando empezaba el verano.

Recuerdo que la noche más corta del año se nos hizo aún más corta, y los pájaros nos sorprendieron en posturas imposibles que fuimos perfeccionando día a día, enredados y sudados ahora en el sofá del piso de su madre, ahora sobre la lavadora de su casa o en la mesa de mi cocina. Hablando vulgarmente, éramos dos putos conejos; hasta entonces no recuerdo haber follado tanto con nadie ni tan bien. Creo que el mejor polvo fue en la ducha, arrancamos la cortina, lo inundamos todo, pero bueno, él tenía mucho tacto, un gusto delicioso, olfato para entender qué quería, o mucha vista, nunca tocaba de oídas. Aunque los provocara todos, me hacía perder el sentido.

Éramos buenos amigos y él, un narcisista de la hostia. Es decir, cuando lo hacíamos de pie (su madre había forrado las paredes de la habitación con espejos), él miraba cómo se le marcaban los abdominales, por ejemplo. Un fantasma. Tenía cinco o seis amantes con las que quedaba de vez en cuando y luego me contaba cómo había ido; yo también tenía algún que otro amante, pero eso nunca lo cuento. Una de esas chicas vino a propósito desde Italia para pasar cuatro días con él; él prefirió pasar esos cuatro días conmigo y a ella solo le brindó un café. Ella perdió la cabeza y le arañó en la cara. Con las demás, provocaba situaciones así; es lo que tiene la belleza, que apasiona. Nos llevábamos bien. Mejor todavía: nos lo pasábamos bien. Y parte del morbo (si no todo) estaba marcado en la fecha de caducidad.

Las paredes ardían, los viejos se morían en Francia, sudábamos sin parar, bebíamos sin parar, me fui sola diez días a Praga, me instalé en un piso del barrio judío, conocí al camarero de un bar llamado Chocho, releí La insportable levedad del ser en francés, me ahogué en litros de cerveza, engordé pero a él le daba igual. Cuando volví, nos fuimos juntos a Mallorca, lo metí en casa de mi abuela, me la metió en la cocina de mi abuela con mi abuela durmiendo en la habitación de al lado, intentamos seguir en el balcón pero entonces temimos que nos viera todo el puerto. Lo intentamos hacer en una barca. En fin. También pasamos una noche en una playa y primero nos picaron los mosquitos y de día nos quemó el sol, un bicho alado nos perseguía por las dunas y nos refugiamos en el mar.

Y llegó septiembre. Pasamos nuestro último fin de semana juntos en Cadaqués, imaginamos cómo seríamos al cabo de veinte años. Él estaría liado con una amiga de su hijo, sería un hombre interesante; yo sería una escritora solitaria un poco huraña, muy cínica por no haber encontrado nunca el amor. “Mentira”, dijo él, “serás una madre cojonuda y estarás hasta las trancas por tu marido, que será la polla en vinagre”. Nos citamos para entonces en aquel mismo bar donde el camarero, sarcástico, nos sirvió dos cortados con un corazón de cacao pintado en la espuma de la leche.

Llegó septiembre, sí. Y con su novia llegó el frío. Dejamos de vernos, según lo previsto. Es curioso que el tío que las volvía a todas locas no me hiciera perder nunca el control. Poco antes de Navidad, fui a comprar un abrigo. Al salir de la tienda, me lo encontré por la calle. Ostras, qué sorpresa, cuánto tiempo, cómo va. Hablamos un rato y me invitó a ver El retorno del rey. Yo había visto las dos anteriores de El señor de los anillos con Hombre Supuestamente Interesante con el que Nunca Volveré a Acostarme (modalidad: cantante de grupo 1) y pensé que sería buena idea cambiar de pareja, a ver si me mentalizaba de una vez de que aquello se acabó.

Fuimos a ver la película, luego tomamos unas birras, me dijo que había cortado con su novia. Últimamente, recibo mensajes de chicos que cortan con sus novias y quieren quedar conmigo, ¿a quién le halaga ser un premio de consolación? Bueno, siempre tranquiliza saber que tienes plan si lo necesitas. Nos colamos en la Sagrada Familia de madrugada con la idea de echar un polvo en una de las torres. Pero el segurata nos pilló cuando inciábamos el ascenso al éxtasis (hablo de escaleras, no de sexo), así que tuvimos que conformarnos con un apaño prosaico en la caseta infantil de un parque que hay delante de la ya Basílica.

Ahora que me he mudado, veo esa Basílica desde el balcón, así que no puedo menos que recordar casi a diario la felicidad despreocupada de aquel verano, el más caluroso de la historia. A él me lo encontré el otro día en el concierto de Micah P. Hinson, está tan guapo como siempre y también piensa mucho en mí. Dice que no le queda más remedio, que soy omnipresente, que salgo en todas partes. Qué pesada, incluso yo estoy harta de mí misma. Cuando nos conocimos, él decía que yo era inevitable. Yo aún guardo su teléfono con el nombre de Dios.

Hasta aquí, la parte pornorromántica. Falta la tragicómica: aquélla en la que descubrí que en realidad no había cortado con su novia, ella me descubrió a mí y se armó la de Dios es Cristo. Nunca mejor dicho. Del paraíso al infierno hay más de un pecado. Pero ésta es otra historia. Podría titularse algo así como Mujeres Sin Duda Interesantes a las que Nunca Podré Acercarme. Próximamente en sus pantallas.

domingo, 31 de octubre de 2010

Y un chichón

Han llamado a la puerta. Era mi vecina de rellano, una señora mayor que iba en bata a mediodía. Llevaba unas gafas de montura rosa y gruesa muy modernas, y estaba preocupada. Se me han pasado por la cabeza frases como: “Haces demasiado ruido por las noches, quiénes son esos chicos que se van de madrugada, huele a muerto en la escalera, huele a perro, huele a gas, tienes que conseguir que cambien el recorrido del Papa”. Recuerdo que soy una buena chica, una persona discreta.

La buena mujer me ha dicho: “Necesito ayuda. ¿Puedes llamar a tu marido?”. Tan buena chica soy y tan discreta, que sin duda estoy casada. O vamos a dejarlo en que ya tengo una edad. Una vecina en bata sólo puede concebir que haya pasado por el evangelio del matrimonio. 

El viernes pasado salí con mi amiga La Loca. Llevamos a cabo un sistema de ligue que, según un conocido que nos cruzamos en un bar, iba a resultar infalible. Nos dirigíamos a los chicos y les proponíamos un trío. Ellos se mostraban interesados y aquí se acababa el plan urdido por nuestro conocido. Entonces íbamos un poco más allá. Mi amiga La Loca aclaraba: “A Mel se le ha ocurrido que es una buena estrategia invitaros a un trío. Luego, cuando os metáis en el taxi, la menos interesada de las dos saldrá del coche y ya no tendréis escapatoria”. Para rematar, yo añadía: “¿Queréis tener hijos?”. Evidentemente, no nos comimos un rosco, pero nos divertimos bastante.

Mi amiga La Loca intentó entrarle a un chico más o menos interesante que, uh-uh, ya la conocía. Se acordaba de ella por una noche etílica que ella había olvidado y en la que sólo tenía palabras para otro hombre, por cierto ausente (es decir, que sólo hablaba de ese otro hombre). El tipo todavía se acordaba de eso y le soltó un: “Me alegro de verte, aunque ya no estemos de tan buen ver como entonces”. Mi amiga La Loca tuvo que ir corriendo al baño y mirarse en el espejo para cerciorarse de que sigue siendo guapísima. Y ya que estábamos, se lo preguntamos a unos chicos que andaban por ahí. “Creéis que estamos acabadas?”. Contestaron que sí. Circunstancia que no les echó atrás a la hora de aceptar un posible trío que no teníamos intención de realizar.

En fin, que estoy acabada, tendría que estar casada, soy una buena chica discreta y mi vecina de la bata necesita ayuda: “De qué se trata?”. Me dice que su marido se ha caído y que no tiene fuerzas para levantarlo. Le contesto que yo lo intentaré y me mira con sincera incredulidad. Cojo las llaves, cierro la puerta y entro en su casa, que estructuralmente es idéntica a mi piso, pero no se parece en nada. El pasillo es mucho más oscuro y elegante. Han puesto parquet en el suelo, conservan las cristaleras de colores en las puertas y tienen flores frescas en un jarrón sobre la mesa.

La mujer me guía hasta una habitación acogedora con dos camas individuales, hechas con una perfección marcial. Su marido, vestido con una camiseta imperio y en calzoncillos, está sentado ridículamente entre las dos camas, como si se hubiera quedado encajado. Ha intentado levantarse del suelo apoyándose en ellas, sin éxito. Me dedica una mirada apurada y patética. Siento que voy a llorar.

Le pregunto si se encuentra bien y me dice que sí, que le ha salido un bulto en la cabeza por culpa del golpe. Le digo que es un chichón y él y su mujer se ríen. Es verdad, un chichón, responde él como si hubiera olvidado esa palabra. Su mujer le agarra del brazo derecho, yo del izquierdo y ella me recuerda que a él no le responden las piernas. Venga, a la de tres. Pienso que va a ser difícil, pero no. El cuerpo de ese señor es liviano y alzarlo resulta sencillo, casi como coger a un niño. 

Al levantarle creo adivinar bajo sus calzoncillos algo parecido a una erección, podría ser una arruga de la tela, aunque no lo sé porque aparto la mirada inmediatamente. Lo sentamos en una de las camas y me fijo mejor en él. Es guapo. Ella también lo es. Él es delgado, tiene los rasgos muy finos, los ojos grandes, pero podría ser del susto.

Ella me cuenta que él se había duchado y que al ir a vestirse, pam, se ha caído. Les digo que será una bajada de tensión y me ofrezco a llamar a alguien. Ella se sentiría más segura, por lo del golpe en la cabeza y eso. Él contesta que no hace falta, claro. Estaba segura de que diría que no. Se acaricia el chichón y su mujer le pasa una mano por debajo de la camiseta, “estás todo sudado”. Son encantadores y no sé nada de ellos. Ellos tampoco saben nada de mí.

Me pregunto cuánto tiempo habrán pasado decidiendo si iban a buscar a un vecino para que los ayudara. El apuro de estar en ropa interior y lo que es peor, la angustia que comporta demostrar que a uno ya le fallan las piernas y que no se vale por sí mismo. La vergüenza también, por qué no, y cierto recelo, quién es esta chica nueva que vive en el piso de al lado. También me pregunto cuánto tiempo llevan casados, cuántas veces habrán cambiado el modo de mirarse el uno al otro, cuántas veces se habrán reconocido.

Les digo que pasaré el día en casa, que si necesitan cualquier cosa, aquí estoy. Sólo nos separa un rellano. Estoy casi segura de haber visto una mano a través de la rendija de la puerta de una de las habitaciones.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Otra fantástica historia real con mi amiga La Loca

Hemos quedado en el Café de la Virreina. Mi amiga La Loca tenía frío, así que nos hemos sentado en la sala interior, donde las mesas están muy apretadas, y hemos comido aceitunas y bocadillos. Ella bebía Trina, yo cerveza, hablábamos de la bajeza moral de algunos tipos o ni siquiera: del modo en el que se arrastran cuando, por algún motivo que sólo les concierne a ellos, sin venir a cuento confiesan que te traicionaron y reclaman tu perdón. “Oye, bonito, yo ya te había olvidado, no eres tan importante en mi vida”, les contestarías. “Vale, pero perdóname, tienes que perdonarme, soy un miserable, tengo ganas de pegarme con alguien, soy un mierda”, responden.

También hablábamos de Bret Easton Ellis, de Jonathan Franzen y Boris Vian cuando, de repente, mi Amiga La Loca ha visto un ejemplar de El talento de los demás en la mesa que yo tenía detrás. Nos ha hecho gracia porque conocemos a Alberto Olmos, que ahora ostenta el título de grantaboy. El libro era de la biblioteca, estaba forrado con plástico barato. Y al girarme con ese gesto mecánico que sólo sirve para comprobar algo con tus propios ojos, me ha parecido que en esa mesa, a tres centímetros escasos de distancia, estaban hablando de mí.

Al volver a mi posición original, he visto que mi amiga La Loca tenía los ojos como platos. Vale, entonces no es que fueran imaginaciones mías. La chica que tenía a mis espaldas, cuyo hombro rozaba el mío, estaba diciendo: “La conocí en Sant Jordi, yo quería conocer a Vila-Matas, entonces me la presentaron a ella y me pareció... bueno, decía cosas como que no le gustaba firmar libros, que era un palo y todo eso”. El chico también ha pronunciado mi nombre, de modo que no había ninguna duda. Y ella: “Le di dos besos y todo, intenté hablar con ella, pero ella estaba como... bueno, como si no me viera. Es soberbia, un poco altiva, no sé, muy sobrada, bastante borde, la verdad”. Así se han pasado un buen rato, sin sospechar siquiera que yo estaba ahí. 

Mi amiga La Loca y yo no podíamos creerlo. La hijaputa que tenía detrás me estaba poniendo a parir y lo estábamos oyendo todo. Hemos explotado a la vez. Nos ha dado un ataque de risa, no podíamos parar. El chico nos ha mirado con mucha curiosidad, el pobre no entendía nada. Y entonces he vuelto a girarme para que la chica me viera la cara. Casi se muere. Dios, todo el mundo tendría que ver esa expresión en el rostro de alguien por lo menos una vez en la vida. “No te preocupes, me suele pasar; nunca caigo bien a la primera, pero con el tiempo soy encantadora”, le he dicho con la más dentada de mis sonrisas. Ella se ha quedado sin saber qué decir.

La Chica: Vaya, menuda metedura de pata, pero ahora no puedo... o sea, si dijera que me arrepiento... de hecho, no me arrepiento, es lo que sentí entonces. Eres muy fría.
Mi amiga La Loca: Qué va, ¿no ves que es muy amable? ¿Os conocisteis en Sant Jordi porque eres escritora?
La Chica: Sí. Bueno, no. He escrito un libro.
Yo: Espera, que necesito fumar un cigarro, comprenderás que esté nerviosa.
Mi amiga La Loca: No doy crédito. Es como estar viviendo una de las típicas historia que Mel cuenta en sus novelas. Supongo que eres consciente de que vas a salir en la próxima, ¿no?
La Chica: Si pudiera hacer algo... es que...
Yo: Que no pasa nada, en serio, ha sido muy divertido. Un momentazo en toda regla, insuperable. Por cierto, leí tu libro y me gustó.
La Chica: Ah, yo no he leído el tuyo, lo siento.
Yo: Pero ahora que lo pienso, también coincidimos en aquel programa de televisión. Y sí que fui a hablar contigo, ¿por qué dices que pasé de ti? Estaba enfermísima ese día.
La Chica: No.
Mi amiga La Loca: Sí. Estaba fatal, pobrecita.

Entonces el Chico, que había permanecido callado sin saber donde meterse, va y suelta: “Hola, yo soy un gran amigo de la Mujer de Tecla Negra, ¿qué tal?”. Cágate. ¿Quién da más?

“Joder, ahora mismo debo ser la persona más odiada de todo el puto bar”. Y a La Chica: “Si para ti soy mala, para él, mil veces peor”.

Yo: Bueno, y cómo está la Mujer de Tecla Negra?
El Chico: Ex Mujer.
La Chica: Oye, esto es muy pequeño, no?
Yo: Pronto entenderás que es un puto pueblo.
El Chico: ¿Cómo se llamaba tu blog?
Yo: ¿Qué blog?
El Chico: El de la melancolía o algo así; me lo pasó la Ex Mujer de Tecla Negra.
Mi amiga La Loca: Entonces este tío, ¿sabe quién soy?
Yo: ¿Cómo?! Yo no tengo ningún blog!
El Chico: Sí, algo de una valla melancólica.
Yo: No sé de qué me hablas.

Consciente del grave peligro que estábamos corriendo, mi amiga La Loca se ha apresurado a pagar las aceitunas rellenas, el Trina, las cervezas y los bocadillos. Nos hemos despedido amablemente y nos hemos ido.

Mi amiga La Loca estaba indignada, "¿por qué alguien que no te conoce tiene que decir esas cosas de ti? Es deprimente, miserable y patético; además es mentira, tú no eres así, esto no me ha gustado nada". Bueno, son cotilleos, el cuento más antiguo del mundo. Todos nos inventamos la vida de los demás, los convertimos en personajes más o menos acordes a nuestros intereses. La situación es lo que cuenta. "Va, no te cabrees, ha sido divertido, quédate con la anécdota".

Desde que cerré por melalcoholía, ésta es la primera vez que no me he sacado ni una coma de la manga. Nada de lo que apunto en este post es ficción. Nada en absoluto. Pero qué más da, viviré como si lo fuera.

domingo, 24 de octubre de 2010

Déjame entrar

La Victoire, René Magritte

Atención: este post contiene spoiler. Pero no va sobre la película.


Hoy he quemado la cafetera. Me disponía a escribir una carta, he oído un golpe en la cocina, he ido a ver, y ahí estaba el mango en llamas. La casa apesta.

Entonces he cambiado la historia de la carta que me disponía a escribir. Intentaba hacer un símil con las llaves del piso. La semana pasada fui a un sitio de esos donde reparan bolsos y zapatos, venden pilas gordas de las antiguas que ya no tienen utilidad alguna, e hice una copia de las llaves del piso. No son para nadie, sólo por si acaso. Volví a casa y las probé: la del portal iba bien, correcto, la de arriba también funcionaba, perfecto. Pero la más importante, la de la puerta, no giraba. Mierda. 

Di media vuelta y regresé por las calles del Eixample hasta la pequeña tienda. La mujer estaba revisando género nuevo, unos llaveros muy resultones en los que puedes grabar tu nombre, tu año de promoción o, por qué no, la dirección de tu casa para que los chorizos no se pierdan.

Ésta no va, dije. El hombre miró la llave extrañado, volvió a meterla en el cacharro chirriante, ajustó la máquina, hizo unos cuantos etcéteras incomprensibles (yo tenía una resaca de escándalo) y me dijo que es que había un saliente que ya había corregido. De acuerdo, gracias. Volví por las calles del Eixample hasta donde vivo, subí en ascensor, metí la llave en la cerradura. Y nada. Joder.

Bajé en ascensor hasta la calle, intenté cambiar de itinerario, entré de nuevo en la pequeña tienda, la mujer reparaba el soportamóviles de cuero que una señora llevaba en su silla de ruedas, el hombre me dijo: vaya, ¿no tienes la llave original? Me encogí de hombros. A veces, a fuerza de hacer copias de las copias, al final se pierde el modelo, me explicó. ¿Y entonces?, pregunté yo. Entonces nada, necesito la original.

Lo intentó de todos modos, pero yo ya sabía que aquella copia tampoco valdría. Efectivamente, no giró. Pensé en las casas de alquiler, en la cantidad de llaves que tendrá cada una de estas casas, la cantidad de copias de una copia. Pero, sobre todo, sentada en el sofá con aire derrotado, estuve un buen rato observando aquella llave, tan inútil como las pilas de las gordas que no sirven para nada. Una llave que, por culpa de estar mal tallada, no abría nada.

El símil no es sexual. Bueno, supongo que también es sexual. No es editorial, aunque una mala copia te cierra muchas puertas. Era más bien -vamos a ver- ¿existencial? Menuda gilipollez. Literario, literal, qué más da. La cuestión es que últimamente me siento un poco así, creyendo que tengo la clave. Pero algo ha pasado, algo imperceptible, que me impide llegar allí donde quisiera. Por mucho que revise esa llave y lime sus asperezas, por mucho que quiera entender qué parte está mal hecha, qué diferencias tiene con la que giraría, no hay manera. Y es desesperante quedarse fuera.

No es que no encaje. Es que no abre.

Al final, en la carta, no he contado nada de todo esto. He descrito la noche extraña de ayer, rodeada de víctimas de la epidemia de las separaciones, años sabáticos por doquier, poco sexo y mucha cerveza (los demás, gintónic), hasta que acabé con un montón de desconocidos en el comedor de una mujer llamada “La más guapa de la Historia”, donde un tipo leía en voz alta fragmentos de un libro titulado “El horóscopo del amor”.

Antes, en el Heliogábal, un chico me había asaltado en la barra: "Mel, ¿eres Mel? ¿Mel Alcohólica? Joder, eres la persona mítica que más me gustaría conocer!". Pues ya ves, no soy mítica, soy normal, respondí. Encantada. De lo que se deduce que soy persona.

Volví a pie pasadas las cinco, con una luna tremenda encima de mi cabeza, recordando sueños hermosos que me habían contado otros. Y luego he soñado que me declaraba a Ángel Martín (imagino que trasunto de otra persona) y que él me enseñaba su alianza para pararme los pies. Nos hacíamos amigos y me resultaba raro pasarle un brazo sobre los hombros mientras él me pasaba el suyo por la espalda.

Algo permanece cerrado para mí y, aunque la que tengo se parece mucho a la que vale, carezco de la llave para entrar. La he dejado junto a la de la caja fuerte, cuya combinación todavía no he descubierto.