viernes, 2 de septiembre de 2011

Hombres Supuestamente Interesantes con los que nunca volveré a acostarme (VI)

El falso amigo (o el consolador dorado). Recibe el nombre de “falso amigo” aquella palabra que, en un idioma, se parece mucho o es igual a la de otro, pero cuyo significado es distinto. Por ejemplo: presunto, en portugués, quiere decir jamón; embaraçada, avergonzada. Subir, en francés, se traduce por sufrir. Grocery, en inglés, por mercancía o tienda de ultramarinos. Y un poco de todo esto tiene la lección de hoy que recordé ayer.

Había una vez una chica que tenía una percepción tan esencial de la vida que a menudo debía frivolizar para no saltar por la ventana. En los momentos chungos tomó por costumbre reírse de sí misma y refugiarse en brazos amigos que, si bien no la sostenían (ella quería valerse por sí misma), sí la consolaban mediante caricias y arrumacos durante las noches frías. Así conoció hace años al que luego llamaría El Amante que Huyó Bajo la Lluvia, un amor absurdo por imposible porque él tenía novia.

La primera noche, él le contó cosas muy tristes sobre su familia, cosas que aquella chica creía que sólo salían en las películas de Antena-3 o en los breves de un periódico. Caminaban por las calles vacías a horas intempestivas y entonces él le dijo: no sé por qué te cuento todo esto. Se besaron. Estuvieron viéndose a escondidas durante algunos meses hasta que él se largó dramáticamente bajo la lluvia. Ella lloró mucho. Lo había pasado mal a raíz del sentimiento de culpa y por el terror de saber que lo suyo no tenía futuro y, al comprobar que el futuro estaba ahí mismo, un abismo se abrió bajo sus pies.

Nunca pensó que estuviera enamorada. Sentía que quería mucho a aquel chico, que tenían una complicidad cojonuda, le esperaba sin esperarle con la estúpida certeza de que acabarían juntos tarde o temprano, cuando aquella frivolidad suya y la novia de él se fueran a tomar viento. A veces, cuando iba borracho, él le enviaba un mensaje o la llamaba a las tantas. A veces también colgaba. Llamadas perdidas que no reclamaban nada.

Dejaron de hablarse. Sin rencor, sin rabia. Él se había ido, ella renovaba su colección de amantes, salía en serio con alguien, volvía a ser la impetuosa de siempre que no necesitaba más apoyo que el de los amigos tradicionales y la fiel seguridad que le rendían mil horas de trabajo. Un día, años más tarde, coincidieron en una fiesta. Ella estaba descolocada tras un verano con la libido por los suelos, a raíz de haberse cargado su enésima relación “seria”. El Amante que Huyó Bajo la Lluvia también había cortado con su novia y no acababa de superarlo, también estaba hecho un lío. Se consolaron mutuamente.

Vamos a ver: ni eran pareja ni tenían intención de serlo. Ella era muy feliz con sus dos amantes y medio (el medio era el Hombre de Hojalata, que padecía a su lado una terrible impotencia, lo que mermaba la confianza de la chica que sabía que aunque te digan: “no sé qué me pasa, es la primera vez que me ocurre algo así, me intimidas”, etcétera, y aunque ella le quitaba hierro al asunto contestando: “no te preocupes, será que te gusto demasiado y estás enamorado de mí”, en realidad si no le ponía es que no le ponía y punto, y es horrible no ser capaz de excitar al tío que tienes en la cama. Pero bueno, por dónde íbamos).

Que la narradora de esta historia y aquel recuperado Amante Que Huyó Bajo la Lluvia se llevaban bien, bromeaban mucho y no se exigían nada. Eran amigos y se tomaban el pelo (cuando hablaban por teléfono, por ejemplo, los compañeros de piso de él le cantaban la marcha nupcial). Era un rollo desenfadado y sin compromiso que a ambos les iba muy bien. A veces él se presentaba en su casa de madrugada, después de una noche de fiesta, y ella, en vez de mandarlo a la mierda, le abría todas las puertas.

Un día ella se enamoró de otro, o se dejó enamorar por otro. Mientras se enrollaban, pensó en el Amante Que Huyó Bajo la Lluvia y aquel tipo le dijo: “Estás ausente, es como si tuvieras novio”. Ahí se preocupó un poco. Pero le dio más importancia al "poco" que al motivo de su preocupación.

He empezado diciendo que la narradora tiene una percepción esencial de la vida y a menudo debe frivolizar para no suicidarse. No es tan exagerado como parece. Se dio cuenta de que quería mucho a aquel Amante Que Huyó Bajo la Lluvia, pero era consciente de que las reglas de su juego eran otras; él le había repetido varias veces que no quería salir con nadie, a ella le daba igual que se hubiera follado a compañeras suyas (incluso a alguna buena amiga, algo que nunca le confesaron).

Con él se veía desde el otro lado, como quien observa su propia evolución y su educación sentimental; era consciente de dónde se equivocaba, qué tonterías cometía, cuáles eran sus necesidades. Y aunque ya no esperaba sin esperarle como sí había hecho años atrás (cortará con su novia y entonces volveremos a estar juntos), agradecía haberle conocido porque fue apoyo y refugio –amigo– cuando más lo necesitaba.

Continuaron cada uno con su vida después de quedar un par de veces y de que el encuentro fuera un poco dramático (de nuevo, el adverbio es lo importante). Él no se daba cuenta de esto. Para él ella también había sido un refugio, sí, donde guarecer su polla circuncidada; ella era la chica simpática que estaba dispuesta, la puerta siempre abierta de madrugada. No quería problemas.

No creáis que los doy, soy fácil incluso en eso.

Falso amigo: cada una de las dos palabras que, perteneciendo a lenguas distintas, se asemejan mucho en la forma pero difieren en el significado.

Pese a que se enlazaban, su lengua no besaba lo mismo que la mía.

Ayer nos vimos. Aunque siempre hemos procurado llevar nuestra historia intermitente en secreto, todo dios la sospecha. Nuestros amigos me dijeron que no querían salir conmigo porque “a las dos siempre te vas a fornicar”. Entonces me volví hacia él y le pregunté: “¿Qué hora es?”. Era una broma, ahora mismo lo último que me apetece es desenterrar viejas historias, me he hecho mayor, pero me gusta provocar, qué le vamos a hacer.

Supongo que él creyó que lo violaría en el baño, la mayoría de tíos que conozco son unos creídos y nuestras recaídas siempre han sido en septiembre. El error es mío, por habérselo puesto siempre todo tan sencillo. Pero yo pensaba que éramos amigos y que, del mismo modo que había podido contar conmigo, podría contar con él en los momentos jodidos. Anoche todos fueron muy cariñosos, estuve hablando hasta que cerraron el puto AlmodoBar y él me evitó todo el rato, se fue sin despedirse. Nueva huida y eso que no llovía. Yeah.

Me envió un mensaje: “Era la mejor decisión. Hoy no era el día. No te enfades”. Y me enfadé. Seguramente conmigo misma. Porque a estas alturas debería saber qué significa presunto, cómo se dice avergonzada, de qué va sufrir y que la grosería es que te traten como una puta tienda de ultramarinos. Falso amigo, que te den por culo con un consolador amarillo.

PD. Lo del consolador dorado es una metáfora: cuidado con lo que te consuelas, porque eso que te metes y con lo que te alivias se lo puede haber introducido un cineasta de culto por el ano.

viernes, 5 de agosto de 2011

Yo siempre como siempre

Mi abuela no perdona. De junio a septiembre, tiene que nadar cada día. Como no conduce, mi padre o una de mis tías la acompañan a la playa.

El llamado S'Arenal Gran de Portocolom está separado del Petit por un exiguo pantalán en el que, cuando mi padre aún llevaba bañador con tirantes, se colocaba un guardia para vigilar que hombres y mujeres no se mezclaran. El llamado Arenal Petit, hendido en un pinar y junto al que ahora hay un buen restaurante regentado por unos bordes (la bordería forma parte del encanto mallorquín), estaba reservado a las mujeres y sus hijos menores de 12 años.

Mi abuela suele dejar allí su toalla porque hay sombra. Va nadando hasta S'Arenal Gran -donde antiguamente estaban los hombres- sin mojarse la cabeza. Tiene 91 años y fuma un paquete de tabaco diario; como ya no hay Record de la caja verde, primero se pasó a los puritos y ahora, al Winston. Dice que si tiene cáncer, será de garganta porque casi no se traga el humo, pero yo sostengo que lo que pone en las cajetillas es incompleto. Sí, el tabaco puede matar. Pero también puede no hacerlo.

Cuando llega a la playa grande (este año atestada de guiris, lo que es una novedad), camina por la orilla de punta a punta un par de veces. Luego vuelve a nado de donde llegó.

Hoy mis padres y yo nos hemos sentado junto a las escaleras en las que se acomodan las señoras del pueblo, mujeres estupendas que se han puesto muy morenas y cuyo pelo ha adquirido un sospechoso color amarillo. Tienen las típicas conversaciones playeras con el tono de voz y el acento apropiados para la ocasión. Algunas se sientan en esas sillitas ridículas y otras, las menos, juegan con sus nietos un rato. Hablan de temas que olvido inmediamente porque oírlos es inevitable, pero retenerlos, por alguna extraña razón, me resulta imposible.

Mientras me pongo crema protectora factor 30, veo cómo me saluda una amiga de mis primas. Me quito las gafas de sol, me levanto de la toalla y me acerco a ella. Fue madre el año pasado, me presenta a la criatura; cuenta que otra amiga suya está a punto de reventar. Hincha los carrillos y coloca las manos medio metro delante de su barriga para hacerme entender que el embarazo la ha puesto como una vaca.

Pienso que me sabe mal haber sido tan soberbiamente solitaria de adolescente. Ahora esas amigas de mis primas también serían las mías y no me avergonzaría proponerles que quedáramos este fin de semana. Podríamos ir a la Cova dels Ases a tomar algo, cenar un pa amb oli. Estoy todo el día encerrada en casa leyendo, escribiendo, y no digo que esté mal. Bajo a la piscina a primera hora, doy paseos mientras se pone el sol. Pero un mes de convivencia con mis padres será excesivo.

Viene otra chica con la que fui al colegio. Es mayor que yo, estudió Historia con mi famoso catequista. Me dice: “Estás de enhorabuena!”, y me llevo las manos a la barriga horrorizada. ¿Perdón? “Por los libros”, añade. Ah, sí. Vale, lo de plantar el árbol y lo de escribir el libro ya está. Hablamos un rato y dudo si preguntarle por el catequista. No lo hago. Ni siquiera sé si sabe que nos conocemos. Perdón, que nos conocimos. Se casó, me consta que por lo menos tiene un hijo.

Ayer llamé a un casi Hombre Supuestamente Interesante con el que Nunca Volveré a Acostarme. Y digo casi porque no llegamos a acostarnos juntos. Era el guapo de EGB, tenía los ojos tan verdes que le llamábamos Gato. Llegó en Tercero, venía del colegio francés y decía muchas palabrotas. Decía mucho “cojones” y yo entendía “cajones”, así que no me parecía que fuera un taco y lo decía con él.

Su madre se había separado de un hombre y casado con otro. Gato estaba enfadado con el mundo, nos insultaba constantemente, pero era tan guapo que mi mejor amiga se enamoró de él. Un día Gato se escapó tras una bronca con el profesor de gimnasia. Se fue corriendo, saltó la verja del patio y desapareció. Estuvieron toda la tarde buscándolo. Lo encontraron por la noche en casa de sus abuelos.

La madre de Gato era una mujer guapa y moderna que miraba a todo el mundo con muchísima curiosidad. Desde mi perspicaz ingenuidad infantil, me parecía que su simpatía resultaba peligrosa para ese tipo de esposas celosas que tienden a odiar a otras féminas, especialmente si son más guapas, más modernas y más simpáticas que ellas. Gato tenía una casa fabulosa en un pueblo cerca de Palma, y en verano celebrábamos fiestas en su piscina.

En Sexto nos hicimos muy amigos. Entonces, como él, yo también odiaba al mundo. Empecé a jugar a baloncesto con él y otros compañeros a la hora del patio. Un día, la Gorda me sacó de la pista y me advirtió: “Aléjate de Gato, Gato es para X”. X era la superpija de la clase, a quien casi todos iban detrás. Cuando Gato se enteró, en Naturales cogió mi pupitre (el pupitre entero), y lo puso a su lado. Nos sentamos juntos lo que quedaba de curso y creo que seguimos codo con codo hasta Octavo.

En el Instituto nos perdimos la pista, pero cada noche de los Santos Inocentes nos reuníamos toda la clase e íbamos a cenar. Aquellos odios hacia la humanidad fueron breves, en realidad nos llevábamos de puta madre (todavía hoy quedamos casi cada invierno y seguimos llevándonos bien). Mi vieja amiga seguía perdidamente enamorada de él, pero él alargaba el momento de volver a casa para quedarse a solas conmigo; más de una vez nos pillaron agarrados por la cintura o de la mano.

Se fue a estudiar primero a Lugo y después a Valencia. Yo le escribía desde Barcelona. Supongo que aún podría encontrar aquellas cartas que, si mal no recuerdo, hablaban sobre todo de Nietzsche y de una angustia oscura existencial. Uno de sus perros se suicidó, saltó por el balcón. Seguíamos viéndonos de vez en cuando, seguíamos acabando tímidamente abrazados.

Empecé a salir con un cantante. Acabé la carrera y pasé diez meses en Palma. Gato no acabó, pero venía en Semana Santa y Navidad. Él también salía con una chica. No recuerdo dónde nos besamos por primera vez, supongo que en aquel pub irlandés donde nos poníamos tibios de Guinness. Fumábamos mucho. Luego vino a casa, el error fue intentar pasar del sofá a la cama.

Transcurrían unos meses, quedábamos de nuevo. La última vez, en la suya. Su madre llegó por sorpresa, casi nos pilló, salté por la ventana, corrí por el jardín hasta la carretera, donde él pasó a recogerme con su Vespa y me llevó a Palma.

Me dejó en el portal y dijo que se había acabado. Antes incluso de empezar, o después de tantos años, qué más da. Se sentía culpable. Yo no, aunque sabía que también debía sentirme culpable. Nos abrazamos muy fuerte, muy fuerte, y a mí me parecía imposible. Volví a escribirle, pero él hablaba en serio y nunca contestó.

Mi prima se casó con su primo. Su madre y hermanos fueron a la boda. Él no.

Volvimos a vernos hace un par de años, en una de esas reuniones de compañeros de EGB. Seguía siendo muy guapo. Seguíamos teniendo aquella complicidad. Pero yo estaba más flipada por otra historia: mi primer amor oficial (que era otro, casi desde parvulario) le había puesto mi nombre a su hija.

El domingo me enteré de que la madre de Gato ha muerto. Una tontería, una mononucleosis mal diagnosticada. Creyó que era un resfriado, siguió yendo a trabajar, se consumió de forma absurda hasta que su cerebro no pudo más y tuvo varios infartos. Así de simple.

Así de triste.

Ayer llamé a Gato. Está bien, vive en una finca en la montaña con aquella chica por la que apostó correctamente. Este verano educarán a un caballo maltratado, cada verano dedican sus quince días de vacaciones a salvar a algún animal; para evitar que alguno vuelva a suicidarse, supongo. Repasamos las vidas de nuestros conocidos en común. “Y tú qué, desde que eres famosa no se te ve el pelo”, dijo. “No soy famosa, soy la más localizable de todos vosotros y si no me ves el pelo es porque me lo he cortado. Pero como siempre. Yo siempre como siempre; exactamente igual que la última vez”, respondí.

Todos en la playa miran hacia la estrecha carretera por la que no puede pasar un 4x4. La culpa es de un Citroën mal aparcado, y las señoras de pelo amarillo, los hombres con barba, los padres y madres de los niños, absolutamente todo el mundo mira hacia la carretera y da su opinión. Por fin ocurre algo emocionante. “Pero el propietario de ese coche no se da cuenta de que molesta?”, grita alguien.

Me imagino al propietario de ese coche disimulando en la orilla, consciente de que tras ese 4x4 llegará otro turismo de grandes dimensiones, y después otro, y otro. Y cada vez que se acerque un vehículo ancho, se armará este mismo pollo. Imagino su angustia y su vergüenza. Me lo imagino preguntándose en qué momento podrá sacarlo de allí sin que se le eche todo dios encima.

lunes, 2 de mayo de 2011

¿Qué hice el viernes?



La verdad es que ni puta idea, no lo recuerdo. Pero entre el sábado y el domingo recibí vía Facebook seis e-mails de sendos desconocidos que me hacen intuir que debió de ser algo gordo. O que es primavera.

Tendría que ir con cuidado porque acabo de deshacerme de un psicópata y ya tengo a otro acechando. ¿Qué es un psicópata? Pues un tipo que cruza unas palabras contigo (apenas diez minutos durante una conversación o mediante un correo electrónico cordial, gracias, encantada, punto) y ya cree que tenéis una relación. ¿Por qué lo cree? Es una incógnita. ¿Cómo actúa? Enviándote entre veinte y cuarenta emails diarios durante un año hasta que te cansas, le pones una denuncia y el auto dictamina que no puede contactar contigo nunca más so pena de algo.

Analicemos qué implican entre veinte y cuarenta emails diarios: primero, que te cuenta su vida, una vida que no te interesa y que satura tu bandeja de entrada y, como la BlackBerry no entiende de filtros, consigue que cada media hora sepas que has recibido un nuevo mensaje y tengas que acordarte de él y de toda su familia. Un psicópata es un pesado que se convierte en pesadilla.

Como no le contestas, el tipo se contesta a sí mismo. No está loco de verdad, por eso compara vuestro diálogo unilateral con la relación que tendría con esa plantita que necesita que la cuiden y le hablen y, aunque no articula palabra porque es una planta, responde estando bonita. Pero yo no soy un puto vegetal.

Tú no lees sus mensajes, sólo esperas que pare. Él intenta contactar con tus conocidos para sentir que tiene algún lazo contigo, crea personajes ficticios y manda correos electrónicos con pseudónimo y da con tu amiga La Loca, que le suelta: “Puto chalado de mierda, si no dejas en paz a Mel ahora mismo te meteremos una bengala por el culo y esparciremos tu higadillo por los montes de Rijeka”.

Un psicópata se inventa un lenguaje nuevo, te hace preguntas y, cuando agregas a un amigo en Facebook, considera que le estás contestando que sí, y cuando borras a un amigo, piensa que le estás diciendo que no. Por eso un día se planta en Barcelona y te llama y te dice: “No te preocupes por mí, estoy bien, ya sé que tienes mucho trabajo y vas muy agobiada, pero si me das tu dirección iré a tu casa y pasaremos la noche juntos y nos abrazaremos y haremos el amor muy despacio”.

Te deja cinco mensajes en el contestador, cinco mensajes que repiten la misma idea alterando el orden de las frases, que también son las mismas: "Quiero pasar la noche contigo, ya sé que estás muy agobiada, pero basta con que me des tu dirección y yo me acercaré, no te preocupes por mí, estoy bien". Y en otro: "¿Por qué me haces esto? Sólo quiero abrazarte y hacerte el amor muy despacio, ya sé que estás muy agobiada, pero no tienes que preocuparte por mí". Afortunadamente, cuando te llama estás en Croacia.

Un psicópata no hace caso del abogado que le amenaza con que va a denunciarle, ni tampoco a tu novio, que le dice que le quemará el pelo, ni a los amigos de tus amigos que fueron amigos suyos alguna vez y le advierten de que se está pasando tres pueblos. Corta con su novia y eso también te lo cuenta en esos emails que no lees nunca porque si lo hicieras tal vez tendrías miedo. Corta con su novia y se inventa que es por ti y en realidad es que eres el fruto de los váliums que se toma, fuente de sus deseos, ninfa de sus delirios.

Un psicópata repite las mismas fórmulas. Siempre. Por ejemplo, en lo de querer hacer el amor lentamente. O en lo de matarme muy despacio. ¿Acaso no podría ir más deprisa y acabar de una puta vez, el muy capullo? Por ejemplo, en repetir mi nombre en casi cada frase, y utilizar un mmmmmmm... sin venir a cuento. Por ejemplo, en enviarme canciones o fragmentos de letras de canciones.

Insisto en que, como mucho, estuvimos hablando siete minutos una noche de febrero de 2010 con dieciocho amigos míos sentados a la misma mesa.

Un psicópata se presenta a tus conferencias y se va antes de que acabes porque sabe que no está obrando bien. Un psicópata te avisa antes por email de que al día siguiente se mezclará con el público de tu conferencia. Un psicópata te corrige después y te dice cómo hubiera quedado mejor.

Pues bien, transcurrido un año, me decido a ir a la Policía y pongo una denuncia y la jueza le llama y el tío, por fin, para. Siento una ligereza nueva, como cuando te duele la regla y con las pastillas se te pasa y te sorprende que no nos demos cuenta de lo bien que se vive sin dolor. Un alivio recién estrenado que en realidad estrenamos cada día.

Vivo un par de meses con una euforia que no sé muy bien de dónde sale porque nunca me atreví a reconocer el agobio que provoca tener un acosador. Pensé que si lo ignoraba por escrito y no se lo contaba a nadie, acabaría por conseguir ignorarlo completamente. Pero su existencia, igual que la de las hadas y los monstruos que se ocultan bajo la cama, depende de nuestra atención. Por eso el psicópata reivindicaba que le hiciera caso y persistía como una astilla clavada en la planta del pie. En caso contrario, desaparecería para siempre. Moriría para mí. Y, por ende, también para él.

El viernes pasado mi amiga La Loca y yo bebimos mil cervezas sin cenar. Ella se acercó de rodillas a dos chicos con su estética nude. Creyó que podría convencerlos para que luego hicieran lo mismo y vinieran a nuestra mesa también de rodillas, pero olvidó un pequeño detalle: eran de Barcelona.

Así que cambiamos de bar. He olvidado por completo los rostros y conversaciones que apenas registró mi estado etílico, pero sé que mi amiga La Loca acabó agarrándome del brazo y huimos por las calles de Gràcia porque un tarado se obsesionó de repente y salió corriendo detrás de nosotras gritando mi nombre. Intentamos escondernos tontamente tras una esquina, pero nos encontró. Entonces nos abalanzamos sobre un taxi que pasó en ese momento y acabamos en el parque infantil de la plaza del Tripi, del que nos echó un mosso de esquadra. Porque, de nuevo, esto es Barcelona y está lleno de ejemplos de urbanismo preventivo: si ponemos cuatro columpios en la plaza más yonki de la ciudad, fijo que la peña dejará de beber y de fumar frente a la puerta de los cien bares que hay.

Durante el fin de semana recibí, como digo, mensajes de seis desconocidos con los que supongo que estuve hablando el viernes por la noche. Bueno, uno de ellos dice que sólo nos mirábamos y sonreíamos, valiente presunción, teniendo en cuenta que yo llevaba un ciego de tres pares que me impedía ver ni distinguir nada.

En general los mensajes son simpáticos y amables y reclaman como mucho una solicitud de amistad o un simple “jo, qué noche”. Todos menos uno: el del tarado que nos persiguió por la calle. El suyo es un email larguísimo cuyo contenido me resulta terroríficamente familiar. Lo que más me inquieta es que incluye "mmmmmmm...", el fragmento de la letra de una canción, su dirección y su teléfono. Y la invitación para que vaya y hagamos el amor lentamente.

No es el mismo psicópata. El otro tenía greñas y éste la cabeza redonda, el otro era alto y éste es de mi estatura, el otro está en otra parte.

Pero empiezo a sospechar que me hostiga un espíritu diabólico que despojará de personalidad a todo aquel que haya cortado recientemente con su novia. Y se introducirá en su cuerpo para perseguirme hasta que logre poseerme.

domingo, 3 de abril de 2011

Perforada

Cuando nací, mi madre no quiso perforarme las orejas, le parecía una barbaridad. Mi tía se quejó porque no podría regalarme pendientes en mi cumpleaños o por Navidad, y tendría que pensar alternativas. Aseguraba no tener tanta imaginación. Así que, cuando cumplí los 17, fui a una joyería y me agujereé la oreja izquierda. Sólo la izquierda. Ésa sería para mi tía. La derecha se la reservé a mi madre.

Mi tía tiene 53 años y se muere. Lo supimos el martes. Bueno, ella no lo sabe. No sabemos si quiere saberlo, así que no se lo hemos dicho. Mi madre llamó a la hora de la cena. “La cosa está peor de lo que esperábamos”. En casa no se llora. Intuyo que algo va mal cuando mi padre habla con un tono de voz un poco más exaltado, porque normalmente es un hombre muy tranquilo, o cuando mi madre se pone en plan pragmático, éste es el próximo paso que deberemos dar, etcétera. “El diagnóstico es muy serio”, dijo tras contarme los pormenores de la operación. Cuando despertó de la anestesia, mi tía pidió un bocata de calamares. “¿Qué significa 'muy serio'?”, pregunté mientras me comía un mejillón. “Bueno, entre seis meses y un año”.

A mí, cuando me dan un disgusto, me da por soltar un “joder”. Mi padre emite un suspiro exagerado, mi madre abre mucho los ojos y pregunta el nombre de la persona a la que le ha pasado algo. Por ejemplo, ante el anuncio: “Alberto ha tenido un accidente”, ella diría: “¿Alberto?”. Mis hermanos, que son muy altos, es como si empequeñecieran. Se quedan muy serios, pierden el rostro.

Una lágrima resbaló por mi mejilla. Él, que se sentaba enfrente, al otro lado de la mesa, me alcanzó una servilleta de papel. Estábamos en un restaurante de Sants y yo tenía las manos sucias del tizne de los calçots. Me sequé los ojos, y el rímel se mezcló con el hollín. Mi madre, al teléfono, se puso en plan pragmático, claro, ahora empezará con la quimio y luego veremos cuál es el próximo paso. Etcétera. Me preguntó por él, le dije que estaba bien, que recuerdos de su parte, que dormiríamos en su hotel.

Él me sirvió ginebra y salimos a la terraza a fumarnos un cigarro.

Cuando éramos pequeños, mis hermanos y yo escondíamos los paquetes de tabaco de mi tía. Ella jugaba un rato a buscarlos, pero iba impacientándose y alguna vez se cabreó. No mucho, es de esas personas que no se enfadan nunca. O que no se enfadan de verdad. Sus cabreos nos hacían reír, porque ponía los brazos en jarra y las gafas le resbalaban hasta la punta de la nariz, es chata. De pequeños la adorábamos porque es una payasa. Luego la hemos querido con muchísima ternura.

Mi tía es alta, delgada, fue muy guapa, y soltera. Del mismo modo que le escondíamos los paquetes de tabaco, mis hermanos y yo también le buscábamos novio, sin éxito. Poco a poco entendimos que esa búsqueda, casi una imposición –¿cuándo tendrás novio?– podía entristecerla. Ella nunca creyó que sería soltera. Ella se imaginaba con hijos. Con marido tal vez no tanto, pero con hijos sí. Iba a misa todos los domingos y cantaba en el coro. Tenía algunos amigos que se fueron casando. Cree en la bondad, pero es un poco timorata y bastante vaga. Los hombres le dan miedo. O la ponen nerviosa, no sé. Entonces habla mucho y muy rápido, repite las mismas anécdotas, está exultante.

Me desperté a las cuatro y cuarto de la madrugada en la cama gigantesca de un hotel que emula una nave espacial hortera. Él roncaba a mi lado. Me despertó el miedo. Pensé: la primera noche es el miedo. Pensé que mi tía no ha tenido la vida que esperaba, quizá tampoco la que deseaba. Sólo trabaja los fines de semana, pero consume el resto de los días levantándose tarde, pasadas las dos. Sospecho que acelera el tiempo con una botella de vino, un paquete de tabaco o tal vez más. Pensé que una familia le hubiera servido de motivación. Pensé que sus hermanos –sobre todo una de sus hermanas– han sido su familia y le demuestran que lo son. Me odié al pensar que se irá sin dejar nada.

Él dejó de roncar. Dejó de respirar. Estuvo en silencio un buen rato. Puse un dedo bajo su nariz y no salía aire. De repente dio una bocanada, como si se ahogara. Al cabo de unos minutos, volvió a pasar lo mismo. Y luego, otra vez. Le susurré que se girara para evitar la apnea. Luego me abracé a su espalda mientras los monstruos del futuro luchaban con los fantasmas del pasado en una batalla terrorífica sin sangre.

El miércoles fui a ver a una amiga T. Acaba de tener un hijo y ya van dos. Es feliz.

La segunda noche es la euforia. Mis padres seguían en el hospital, pero yo estaba de fiesta con él y mis amigos, que le hacían preguntas impertinentes, y el alcohol no me dejaba pensar con claridad. Miento: el alcohol ocultaba cualquier atisbo de preocupación o angustia. Me reí mucho.

La tercera noche es la resaca. Y la resaca deja en la arena los restos de esas historias que no se hundieron. Y tú te paseas entre aquellos pedazos de tu vida que acabaron por no formar parte de ella y te preguntas por qué. En qué momento decidiste convertirlos en meras reliquias, fragmentos incorruptibles de un cuerpo ya inerte. Qué ha hecho que se conserven, por qué no se van con la marea. Por qué permanecen aquí y te recuerdan, malditos objetos adorables, aquello a lo que renunciaste.

Deambulas por la playa desierta y querrías reconstruir de los escombros las alternativas que te perdiste, los destinos que no has tenido. Sólo para asegurarte de que no has perdido, de que no te estás perdiendo. Sólo para convencerte porque para algunos ya es demasiado tarde.

Eché mucho de menos a uno de esos hombres supuestamente interesantes con los que no me atrevo a asegurar que nunca volveré a acostarme. Porque lo jodido es eso. Aunque te enamores, aunque quieras a alguien por encima de todo, aunque sientas que estás donde debes y donde deseas, eso no aniquila otros sentimientos que, en esa guerra de monstruos y fantasmas, serían los zombies: muertos vivientes. Que vuelven y te revuelven cuando menos te lo esperas.

Él me preguntó: qué te pasa.

Al día siguiente se fue. Y así puedo decir que la cuarta noche es la nostalgia. Una añoranza que mezclaba su ausencia con la de mi tía. Una ausencia que impide el recuerdo en plan película yanki, rollo cinta de vídeo mental que puedes rebobinar y pasar cuando te plazca, porque tanto él como ella están, siguen estando, y no merecen que se les evoque como si no estuvieran.

Pensé en la vez que fuimos los tres (él, mi tía y yo) con otra tía mía, de cañas por Madrid. Pensé que entonces bromeaba con una resonancia que le tenían que hacer a las ocho de la mañana y que era demasiado pronto y que a esas horas las calles, etcétera. Pensé que ya sabíamos que estaba jodida, pero no tanto. O puede que sí. Con lo quejica que ha sido siempre, que lloriqueaba cuando no quería hacer esto o lo otro, mi tía se enfrenta a su enfermedad con un sentido del humor admirable. No es optimismo, es estoicismo. Y es admirable.

Quizá lo sepa. Quizá haya llegado mucho más allá que nosotros. Ahora entiendo que es una mujer fuerte, que jugaba escóndeme el tabaco, que yo te sigo porque los payasos en realidad están dotados de una sabiduría trascendente. Quizá sepa que todos lo sabemos pero fingimos no saberlo y finja ella también que no lo sabe. Porque la vida es precisamente eso: fingir que no sabes lo que te espera.

Y no permitir que nadie te lo diga porque sólo en la ignorancia queda un resquicio de felicidad. Nadie quiere que le cuenten cómo acaba una película.

O como dice Gamoneda: morir no es más que volver donde estabas hace cien años.

Pensé que, con mi tía, aquel día, recuperé una vieja gracieta de niña, cuando le dije: “Con tanto médico, tienes más citas que nunca”. Me odié al pensar que alguna vez recordaré ese día como algo especial.

Fui a Palma. Vi a mi hermano. Nos dijimos: qué putada. Mis padres son más finos. Dicen: menudo palo o vaya golpe.

La noche pasada no pensé nada, pero hoy los dedos me olían a pegamento imedio y tenías las uñas sucias de plastilina azul y los calcetines llenos de arena. Mi tía trabaja en el aeropuerto y atendía a los famosos y nos contaba cómo eran Bruce Springsteen y Julio Iglesias. En mi regresión, he abrazado su cuerpo huesudo en el que su perfume se mezcla con el tabaco.

En casa no se llora y contar las penas es de mala educación. Por otro lado, a quién le importa.

Me acaricio el lóbulo de la oreja izquierda y noto un bultito ahí donde lo perforé. Pero hace tanto que no me pongo un pendiente que sin duda el agujero se habrá cerrado. Es curioso. Me duele ahora más que nunca.

Barcelona

Dedicado a Humo y al comentario que dejó en mi post anterior.

martes, 15 de marzo de 2011

Kurosawa y las hermanas Grimes

Aquí Dakota Fanning y Haley Joe Osment comen gachas de avena


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él: Hola.
yo: Hola.
él: Qué haces.
yo: Leo. Miro la calle mojada desde la ventana. Pienso qué puedo preparar para comer.
él: ¿Escribes?
yo: Escribo artículos y la charla que daré el jueves en una mesa redonda. Va sobre literatura impertérrita
él: Aquí tirado. Chimenea, tele y sofá. Mortis.

Me envía una foto en la que aparecemos en un quirófano junto a un cadáver sin cabeza. Llevo un abrigo rojo, él un raído traje de chaqueta. Al fondo, la ex de un cantante muy famoso con bata verde y gorro de cirujano atiende al director, que le da instrucciones. En un rincón asoma el cámara del tráveling con pinta de aburrido.

yo: Me encanta.
él: Estás guapísima.
yo: Tú también. Guapísima!
él: Cómo mola mi novia.
yo: Pelota.
yo: Tengo hambre. Ha caído el diluvio universal, lluvia ácida. El cielo era de color amarillo.
él: Vendrá de Fukushima.
yo: Eso he pensado yo. Busca en Internet “La pesadilla de Kurosawa”.
él: Qué drama. Nos vamos a la mierda. Aprovechemos.
yo: No sé cómo, a distancia. Quince días sin vernos sí que es una catástrofe. Y además antinatural.
yo: Me haré una pasta con mucho tabasco y mucha guindilla y mucha pimienta. ¿No me preguntas si sigo enfadada?
él: ¿Sigues enfadada?
yo: No me enfado nunca. Sólo me enfado cuando estoy triste.
él: ¿Estás triste?
yo: Claro. Pero no importa, escribo mejor cuando estoy triste.
yo: Mierda.
él: Qué pasa.
yo: He estado a punto de morir. He puesto el agua a hervir, se ha salido del cazo y ha apagado la llama del fogón. Menos mal que he ido a tiempo a la cocina. Podría haber saltado por los aires. O haber muerto asfixiada por el gas.
él: No te mueras.
yo: Vale.


Después de comer, leo Richard Yates, de Tao Lin. Se me ocurre una cosa. Podría recuperar algunas imágenes que salen en la novela y contar lo que me pasó a mí. Por ejemplo: Dakota Fanning y Haley Joel Osment ven Lemming antes de robar vestidos en American Apparel y comer gachas de cereales. 

Yo he visto Lemming dos veces porque la primera me pareció una película muy rara y la segunda convencí a mi Amor Sobre Ruedas para que la viera conmigo y se quedó dormido aunque la protagonista sea Charlotte Gainsburg. Charlotte Gainsburg estaba en la lista de las chicas que mi Amor Sobre Ruedas podía follarse si tenía oportunidad con mi permiso.

Otra de las chicas que estaban en su lista era Miranda July, la directora de Me and You and Everyone We Know, que tiene esa secuencia entrañable del niñato de seis años diciéndole a su amante virtual mayor de edad que le gustaría cagarse en su culo, y que luego ella se cagara en el suyo y así tendrían una mierda de ida y vuelta. El niño teclea muy despacio, claro. Su amante virtual ignora que está chateando con un niño de seis años. En realidad Miranda July y Tao Lin tienen cosas en común. O quizá no.

Mientras salíamos juntos, le regalé a mi Amor Sobre Ruedas Nadie es más de aquí que tú. Yo no pude acabarlo. En uno de los cuentos, la narradora da clases de natación a una anciana dentro de un charco, en la sala de estar. Eso está bien. No recuerdo nada más.

En otro momento, sobre las 6:30 pm, Haley Joel Osment lee Ghost World bajo las sábanas. Mi amiga La Loca y yo conseguimos que un colega nos desagregara de Facebook porque pusimos en su muro lo de: “Dear Josh, we came to fuck you, but you weren't at home. Therefore, you're gay. Tiffany & Amber”. Creo que a su novia no le hizo gracia.

Mi amiga La Loca se parece un poco a Thora Birch, sobre todo cuando entra en el colmado con el sombrero de pescador y llega ese tío sin camiseta, pero con la marca de la imperio porque se ha quemado por el sol, y se pone a hacer ejercicios con un nunchaku junto al coche.

Yo no me parezco a Scarlett Johansson. Mi prima sí se parece un poco.

Fui a ver Lost In Translation con un amigo, y dijo que teníamos algo. Pero bueno, él creía que Scarlett Johansson era Sofia Coppola.

A mí me gustaría escribir como Richard Yates de verdad y ser como Richard Yates el libro.

viernes, 11 de febrero de 2011

El espejo que refleja a la chica apagafarolas

Hoy he ido a comprar un espejo. El domingo vendrá y no es plan que descubra que, desde que vivo aquí, nunca me he visto reflejada en ningún sitio más que en los cristales de la puerta que da al balcón. No sé dónde se venden espejos si no es en Ikea, así que me he puesto a dar vueltas por el barrio.

He pensado en su madre. Esta mañana su madre le ha llamado histérica porque en El País sale que estoy embarazada y ella no sabía nada. Bueno, eso me ha dicho él. En realidad a ella le han contado que El País ha publicado que él está esperando un hijo de su novia catalana. En fin, creo que si estuviera encinta lo sabría, aunque estos periodistas son unos adelantados. El caso es que quien hizo correr el bulo se equivocó, leyó un nombre que no era y que corresponde a un hombre que no es.

Su padre tuvo un ictus y no habla, como mucho tararea el Cara al Sol. Era militar de caballería y un excelente escalador, muy estricto y buen hombre a pesar de su ideología. Hoy, cuando su mujer ha vuelto de la compra, se lo ha encontrado llorando. El periódico estaba abierto por la página de esquelas y ha pensado: se le habrá muerto un amigo. Las ha leído y un nombre le ha llamado la atención: era el de una novia que tuvo su marido antes de casarse con ella.

“¡Pero será posible! Esa mala pécora se casó con un marqués que la trató como una reina, nunca tuvo que preocuparse por nada, y yo llevo cuarenta años cuidándote, ocho ocupándome de ti, ¿y encima la echas de menos? ¿Lloras por ella? ¡No me lo puedo creer!”.

No conozco a esa mujer, pero me cae bien. Por decirlo en plan bestia: no me importaría que fuera mi suegra.

He entrado en tres ferreterías porque me fascinan, se me ocurren un montón de cosas que podría comprar: una black and decker para hacer agujeros, una escalera para llegar al techo, un estante para poner las especias, una báscula para no utilizarla, un reloj de cocina, un bote de pintura por si quiero pintar algo, un trasto sin nombre que me iría muy bien en el baño. Joder, puedo pasarme horas en una ferretería, siempre hay hombres aparentemente normales esperando su turno y haciendo preguntas extrañas, piden objetos cuya existencia desconocía y lo más alucinante es que en la ferretería siempre los tienen. No sólo eso, sino que además el dependiente les da consejos sobre cómo utilizarlos.

En una de las ferreterías había muebles bonitos de oferta. ¿Por qué había muebles bonitos en una ferretería? Ni idea, pero he estado pensando si comprarme un botellero que hace las veces de guardacopas y de mesa para servir vino, o un espejo rústico precioso. Qué dilema. Yo había salido de casa para comprar un espejo, pero he podido vivir sin él tranquilamente durante los seis meses que llevo en este piso. Claro que también he podido vivir tranquilamente sin el botellero.

Le he dicho al señor que lo veré mañana y he vuelto a la calle, me he preguntado cuánto se supone que tiene que costar un espejo. Había anochecido y la gente se movía bajo las farolas naranjas del Eixample que a veces se apagan a mi paso. El otro día conocí a una chica a la que le pasaba lo mismo. De hecho, ha estrenado una obra de danza contemporánea titulada La niña que apagaba farolas, o algo así.

He ido a la Biblioteca a recoger una cosa que habían dejado a mi nombre, y ya de camino a casa, he visto un mueble precioso junto a un container. En mis años de estudiante me harté de recoger muebles por la calle. Luego los pintaba con mis compañeras de piso y así nos ahorrábamos un montón de pasta. Todavía recuerdo un sofá horroroso con un estampado de flores marchitas. Pero, por alguna razón, ahora me da vergüenza, no sólo recogerlo, sino incluso acercarme a ese mueble.

Es una tremenda estupidez, la restauración es uno de los oficios más bonitos y ecológicos. De pequeña yo quería ser restauradora. O arqueóloga, como Indiana Jones. En ambos casos descubres qué oculta lo que tienes en las manos, en ambos casos recuperas un pedazo de historia.

El semáforo se ha puesto verde y mientras cruzaba me he dicho, qué coño, no podría cargar con esa mesilla de teléfono años setenta hasta mi casa, pero quiero verla de cerca. Así que ido hacia el container. El mueble estaba en aparente buen estado, pero lo había devorado la carcoma. Entonces lo he visto. Apoyado en el contenedor, no era precisamente bonito. Sin embargo, era un espejo. Redondo, un pelín amuescado y lleno de polvo, le faltaba uno de los remaches que lo sostenía al soporte. Pero era lo que estaba buscando. No podía dejarlo allí hasta que otro se lo llevara o se hiciera añicos. Lo he cogido.

En los espejos se quedan las almas de todos aquellos que alguna vez vieron en él su reflejo. Las imágenes forman parte de su memoria silenciosa y me pregunto quién se ocultará al otro lado, tal vez un anciano y la dominicana que iba cada día a cuidarle hasta que murió, su hijo, su nuera, sus nietos, nadie sabe. La verdad es que espero no averiguarlo. Me limitaré a comprobar que voy bien peinada, bien pintada, bien vestida. Y cuando él venga el domingo, nos miraremos juntos y comentaremos que sólo así tenemos sentido.

En secreto imaginaré que aquella exnovia de su padre se asomaba a este espejo cada día. También en secreto, se ponía guapa pensando en él.