miércoles, 21 de noviembre de 2007

El globo rojo


El cuarto de baño era rosa-casa-de-la-abuela. La bombilla hacía ese ruido inquietante de las películas de David Lynch. Y cuando llegué, la calefacción estaba apagada. Por si no quedaba claro que me habían metido en el cuartucho de la asistenta, encontré un juego de escoba, fregona y recogedor en el armario. Pero el viaje a Caen había sido tan cansado que no me costó dormir.

Supongo que el vino de la cena, y las cervezas en aquel club de jazz con chimenea y un alce decapitado en la pared también hicieron su efecto. La cuestión es que no recuerdo qué estaba soñando; hacía apenas media hora que había cerrado los ojos cuando, de repente, sonó el teléfono de la habitación.

Intenté encender la luz que hacía el ruido de las películas de Lynch, en vano. Intenté mirar qué hora era en la pantalla del móvil (las tres y media). El teléfono sonaba y sonaba, como si no tuviera nada mejor que hacer. Por fin, contesté. Era la felicidad.

-Pero si tú no existes. -le dije.
-Joder que no. -contestó. -¿Entonces estás hablando sola?
-¿Y cómo has conseguido este número? ¿Seguro que quieres hablar conmigo? -insistí.
-Claro, capulla. Y la llamada me va a costar un pastón, que es internacional.

Qué fuerte, estaba hablando con la felicidad, y resulta que tiene voz de tío.

La verdad es que no sabía muy bien qué decir. A mí la felicidad me parece una horterada de la hostia, basta ver los libros que la plantan en sus cubiertas como si fuera lo más, y luego abres el libro y está lleno de chorradas. Y si está firmado por Eduard Punset, peor, porque encima tiene fórmulas matemáticas, o químicas, o ecuatorianas, o yo qué sé cómo se mide la felicidad, pero en fin, soy alérgica a esos libros. Pero claro, eso no se lo podía decir a ella, la protagonista de esos libros. Es demasiado famosa como para criticarla.

Además, por lo visto todo el mundo va detrás de ella, y se lo debe de tener muy creído. Si me estaba llamando a mí (a mí!) desde el extranjero, qué menos que sentirme orgullosa, o privilegiada, o afortunada, algo así.

-Vaya. -dije. -No sé qué decir.
-¿Qué te parece si me cuentas lo que has hecho hoy? Es que me aburro.

Nunca se me había ocurrido que la felicidad pudiera aburrirse. Siempre parece tan ocupada en pasárselo bien y expresar lo bien que se lo está pasando... Pero bueno, me gustaba tenerla al teléfono, así que le conté que había cogido un avión de Barcelona a Orly, que allí nos esperaba una chófer a La Loca y a mí que se comió un bocadillo antes de llevarnos a Caen, que chófer viene de chauffeur (o sea, calentador), porque antiguamente había que calentar los coches para ponerlos en marcha, que a mí no me apetecía nada que la chófer esa del bocadillo me calentara y a La Loca tampoco. Que el viaje en coche fue muy largo. Que cuando llegamos a la ciudad, sobre las diez y media, casi todo estaba cerrado. Que encontramos la calle donde están los restaurantes. Que me comí una ensalada de marisco y una pizza con queso de cabra. Que bebimos vino. Que los franceses son unos desagradables aunque no sean de París porque los de la mesa de al lado no nos dejaban su cenicero aunque no estuvieran fumando porque una gilipollas dijo: "Es que luego tal vez fumemos".

Entonces paré un momento para tomar aire y saber si la felicidad se había quedado dormida. Seguía al otro lado, y quería más.

Le conté que luego habíamos entrado en un colmadito que estaba abierto a todas horas, y que pedimos un cepillo de dientes para La Loca, pero que no había, porque el colmadito sólo tenía comestibles y los cepillos de dientes no se comen aunque te los metas en la boca. Le conté que fuimos a un hotel de cuatro estrellas para que nos vendieran un puto cepillo, y nos lo vendieron junto a un dentífrico por cinco euros, y que el recepcionista (por fin!) era muy majo.

Ahí la felicidad me interrumpió:

-¿Sabes que yo también soy recepcionista?
-¿Cómo, recepcionista? ¿A qué te refieres? ¿Recibes a todo el mundo? ¿Eres políglota? ¿Es una metáfora?
-No, trabajo en un hotel. Eso es todo.
-Ah.

Como no lo entendí muy bien, seguí hablando, y le conté que después de conseguir la pasta de dientes y el cepillo, entramos en un bar que tenía una chimenea encendida y la cabeza de un alce decapitado colgada en la pared. Había libros de caza en las mesas, y un viejo tocaba el piano en un rincón.

Aunque sólo hablaba yo, la felicidad me hacía reír todo el rato.

De repente nos dimos cuenta de que llevábamos más de una hora al teléfono. Y nos despedimos sin nostalgia. Porque la felicidad es así, te deja soñando con una sonrisa. Lo sé, suena cursi, pero la culpa es suya, no mía.

Al día siguiente, La Loca y yo hicimos muchas cosas. Y a las 20,30h de la tarde estábamos invitadas a un espectáculo de circo que se representaba en el Théâtre des Cordes. A las 20,25h los organizadores nos llamaban deseperados. Llegábamos al teatro a las 20,30 en punto, pero teníamos que hacer pis. A las 20,31 el organizador máximo nos sacó del baño.

Tuvimos que sentarnos en un escalón.

Empezó el espectáculo:

En una pantalla, se ve cómo un globo rojo llega a la orilla de una playa con el cielo gris. Un hombre sale del globo, se pone el globo en la cabeza. El globo es casi tan grande como él. El hombre del globo se va por las calles, los mercados, las plazas de Estocolmo con el globo rojo en la cabeza. Nadie le hace ni puto caso.

Mientras tanto, en el escenario, el mismo hombre del globo pero sin globo se mete tenedores por la nariz (por la parte donde no están las púas) e invita a alguien del público a que le ayude en su próximo número. El desgraciado elegido era calvo como él, y el hombre del globo sin globo le puso un pañal, lo convirtió en un cutre-faquir. Y después de una batalla en plan Guerra de las Galaxias (uno con una espada, el otro con un puñal), al final el hombre del globo sin globo se mete la espada por la boca. Y, cuando la saca, se ve que no ha hecho trampas, porque del filo incluso cae la baba.

En la pantalla, el hombre del globo rojo con globo repite el mismo ejercicio con el neón de un supermercado. Se lo mete hasta el fondo y no se electrocuta ni nada.

Todo esto, con numeritos escatológicos intercalados que hacían reír a los franceses como si fueran ingleses. Al hombre del globo sin globo se le vio el culo, y hubo más de una normanda que se tapó la cara escandalizada.

Vale. (luego, el hombre del globo rojo sin globo me explicaría que vale -pronunciado bale- en sueco significa polla).

Mientras miraba el espectáculo no sabía qué pensar. Era como ver Los idiotas de Lars von Trier, película sobre la cual tampoco estás muy segura qué pensar. ¿Era aquel hombre del globo un idiota, o era un puto genio de la hostia?

La Loca y yo nos fuimos a cenar. Y luego acabamos en un antro patético con arena en el suelo y palmitos en las columnas, y una gogó de 70 años bailando en medio de la pista, y un mosaico del Che detrás de la barra. Y al principio la cosa nos hizo gracia. Pero tuvimos que irnos corriendo antes de ponernos a llorar.

Nos tomamos unas cervezas en el hall del hotel donde estábamos alojadas, y entonces aparecieron unos tipos con gorros andinos. Se los quitaron, y eran los suecos del espectáculo de circo; hombre del globo sin globo incluido. Se sentaron con nosotras, nos invitaron a más cervezas y a sidra, chapurreábamos el inglés y el francés, nos enseñaron palabras en sueco, eran muy divertidos.

Y entonces comenté que yo dormía en el cuartucho de la limpieza, porque estaba segura de que en la cuarta planta no se alojaba nadie más que yo. El hombre del globo sin globo puso los ojos como platos y dijo: "No dormirás en la habitación 407".

Yo contesté: "Sí, ¿cómo lo sabes?".
Él respondió: "Porque yo estoy en la habitación de al lado, y anoche una petarda no me dejó dormir, porque hablaba todo el rato y se reía sin parar. Y yo tenía que concentrarme para comer espadas. ¿O qué te crees? Comer espadas y meterse tenedores por la nariz requiere descanso; si no, te puedes morir en pleno espectáculo, conozco a un insomne a quien le pasó".

Conclusión: el hombre del globo podría haber muerto de felicidad.

O la felicidad es un globo rojo.

12 comentarios:

al dijo...

La felicidad es una pistola calentada por un chófer.

Ficticio dijo...

O el Laberinto de la felicidad que está colgado en intranet y me puse a hacerlo pero no me dejaron pasar del la 4ºprueba o no podía seguir por que no había comprado el libro, aunque pensandolo bien ya m habían avisado de la ginkana tiempoantes en Second Life pero no quise participar por que sería muy complicado, apesar de que me invitó la responsable de la casa encendida que se llamaba AlbaLCE y un apellido típico de SL. El caso es que estos libros me recuerdan mucho a uno de Snachez Dragó, que es muy amigo de Punset y de los ecuatorianos, y termina buscando la felicidad en el laberinto del minotauro...
La cosa era como un video musical de Rogger Sanchez creo, en el que salía una chica inchada de ilusión conun corazón gigante por la calle pero claro con ese corazón no la dejaban pasar a ningún local, hasta que la chica se va entristeciendo y el corazón disminuyendo, hasta que es tan pequeño que lo puede llevar ne l mano y cojer un taxi triste para volver a casa en donde encuentra a alguien y el corazón vuelve al tamaño del principio y la historia vuelve a empezar.
Los dientes no se comen, aunque estén el la boca. Y era muy gracioso que se los llevara el ratoncito perez cuando eras pequeño, ademas como yo me apellido pérez pensaba que se quedaban en el clan, era algo muy gracioso

Blasfuemia dijo...

De este post sólo tengo una cosa que decir: me ha encantado (absolutamente). Lo enmarco. Un texto magnífico, sí señor.

errante dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Pi dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Pi dijo...

Precioso post! qué linda descripción de la felicidad. Yo quiero una felicidad que me deje soñando mientras sonrío!!!!
me ha encantado. Me ha encantado. Y pobre pendejo el sueco tan responsable.

El Estudiante Blogger dijo...

No tengo palabras... ¿Estás segura que no eres el papel de regalo de la felicidad? Sólo al leerte por encima me alegras el día (la noche, en este caso).

Genial :).

Anónimo dijo...

¿Por qué la felicidad es un globo rojo al final del cuento? ¿No debería llevar uniforme de recepcionista de hotel? ¿La felicidad es recepcionista de hotel para que alojes en ella?

humo dijo...

Señora mía,

Eres un pedazo de escritora.

errante dijo...

Acabo de leer ésto:

domingo 12 de agosto de 2007
La vaca que ríe
Ser una vaca es la leche, porque te pasas el día comiendo, y duermes cuando tienes sueño, pero si no tienes sueño sigues comiendo y bebiendo, y te paseas por los campos de Jimena de la Frontera, sin cencerro, porque llevar cencerro es de locos, y esos se mueven en carro por la autopista. Si no te apetece, no dices ni mu. Pero si te apetece, puedes hablar con las gentes del pueblo porque más o menos hablan el mismo idioma que tú.

A los culés los llaman "catalinos", y comen unas setas que están muy buenas. Y aunque lidian con los siete infiernos de Dante (de Puerto Cherry a Puerto Banús, pasando por todas las urbanizaciones que se ven desde la autovía), sus carreteras secundarias rozan el paraíso. De vez en cuando puedes encontrar una playa sin construir y con el agua helada y con un montón de pijas madrileñas que se embadurnan de crema de coco.

Servido por Mel Alcoholica a las 16:50



y sólo puedo decir... "no me jodas..."

Por cierto, Jimena de la Frontera tiene un festival de música muy bueno. En Julio.

Luigi dijo...

Pues que el espectáculo lo diera el hombre del globo rojo sin globo debe ser como fumar un cigarrillo bajo en nicotina mientras tomas una café descafeinado después de haber pegado un polvo con condón.

martin dijo...

Qué de recuerdos de Caen y de la pizza con queso de auténtica chèvre normanda. No te compraste un paraguas en Cherburgo? No estuviste en la playa del desembarco de la 2GM?
qué ganas de volver a la felicidad de la baja Normandía...