miércoles, 28 de febrero de 2007

El señor Lobo es argentino

Llevaba una semana desconectada. Eso es como vivir dentro de un armario con ruedas; te desplazas de un lugar a otro, pero sólo puedes asomarte al exterior por la rendija que queda entre las dos puertas, y únicamente oyes lo que pasa a través de la madera.

Encima, la sociedad te margina, porque la gente habla de cosas importantes, como que hay una convención de especialistas en uñas acrílicas en Asia, y tú no puedes seguir su conversacion. Además, si estás desconectada y conoces a alguien nuevo, no puedes googlearle para descubrir si es de confianza. Ya nos lo decían nuestros padres: no te fíes nunca de quien no aparece en el Google.

Nada, que esta mañana me llama un argentino a casa y me dice: vós estate tranquila que sho solucionaré tu problema. Y empieza a indicarme qué teclas hay tocar para que suene la flauta (esto no es nada porno, quería hacer un juego de palabras con la fábula del asno, porque de todos es sabido que los informáticos aciertan siempre por casualidad, pero lo que ha pasado al final es que una flauta no tiene teclas y suena cuando la soplas, y ahora ya no sé por dónde iba pero da igual).

Estoy hablando con el argentino que me ha salvado el prestigio y, de repente, oigo que tiene un gallo. Kikirikíiiiiiiii. Yo flipando, claro, porque no sabía que los telecomunicadores vivieran en el campo. Aunque, pensándolo bien, tanto da donde vivan, porque tele significa lejos, y comunicación es el problema que debería resolver nuestro siglo, y una cosa y otra están a años luz de distancia, así que si un telecomunicador vive en Marte pues tampoco es tan raro, y menos ahora, cuando han descubierto que en Marte hay agua. No, no me he fumado nada esta mañana, pero no me iré a Marte hasta que no descubran que también hay cerveza.

En fin, que el argentino tenía un gallo en casa, y me dice: un momento. Y entonces... se pone a hablar con el gallo! Le dice algo así como que tiene que instalarse un degenerador, que imagino que será un modulador de frecuencias para que no cante tan alto. O eso, o le estaba llamando educador de degenerados, que debe ser un insulto argentino muy bestia. Y luego le dice: tenés un problema en Russinyol. Y vaya, eso, o es una lengua, o es un conflicto racial, porque Russinyol es ruiseñor en catalán.

Mi conflicto era otro. Por lo visto dentro de mi ordenador había un oso celoso con un antifaz que iba de chulín de discoteca y no dejaba entrar a nadie. Bueno, todo esto para concluir que El señor Lobo, de profesión solucionador, existe. Pero ya no va por el mundo vestido de agente de Caiga quien Caiga. Simplemente te llama a casa a la hora del desayuno, y comparte tu conversación con la conversación que tiene con un gallo. Y ahora, me voy al banco. Fin.

viernes, 16 de febrero de 2007

No soy la que soy

Vengo de comprarle un regalo a un amigo. Ayer fue su cumpleaños, y hoy me ha invitado a cenar. Está feo, eso de presentarse a una cena de cumpleaños sin regalo, así que me he dicho: bueno, le compraré un libro en gabacho, que queda muy in, y seguro que no se lo ha leído. Entre otras cosas, porque no sabe francés.

Al bajar a la calle, me he topado con un cámara y un fotógrafo que hacían guardia en la puerta. Lo he pasado mal, porque desde que salí en 'CQC' soy bastante popular, y me da palo que me entrevisten a salto de alcachofa. De hecho, hace poco tuve pollo con Lucía Etxebarria, porque a ella también la entrevistaron para el 'CQC', pero su intervención no salió, y la mía sí. Además, una amiga mía a la que le hicieron una prueba como editora tiró un manuscrito de Lucía Etxebarria al váter de hombres de un bar, sin saber que el manuscrito era de Lucía Etxebarria. Y sin saber tampoco que Lucía Etxebarria estaba en el mismo bar. Con lo cual, el váter de hombres se embozó, empezaron a saltar páginas del manuscrito por todas partes (meadas y sucias y mojadas), y cuando Lucia Etxebarria lo vio casi se cae de espaldas. Pilló un cabreo de cuidado, se metió cuatro dosis de Prozac, y como no sabía quién era el culpable del desastre, denunció a todos los que estaban en el bar, mi amiga incluida.

Por dónde iba.

He salido a la calle, he visto a esos dos tipos armados con cámaras, y me he acojonado. Pero la importante no era yo, sino un tipo vestido con un albornoz. El albornoz era amarillo claro, muy feo, y no llevaba nada debajo. Los cámaras le han pedido que se pusiera junto a un semáforo, delante de los coches. Como no sabía por qué llevaba un albornoz, se lo he preguntado. Le digo: "Oye, ¿y tú por qué vas en albornoz por la calle?". Creía que a lo mejor se aproximaba el nuevo diluvio universal, y el hombre era un tipo precavido. Pero me ha contestado: "Porque es carnaval".

Luego he ido a la FNAC, que es un sitio donde hay libros en francés, y he comprado el regalo para mi amigo. Cuando salía, he visto a Joel Joan, que es un actor que siempre hace el mismo papel. Pero he pensado: "No es él, es un tío disfrazado de él, porque es carnaval". Entonces él me ha dicho: "Eh, hola, ¿no me conoces? Soy Joel Joan".

Y yo le he respondido: "No soy quien tú te crees. Es un disfraz". Luego he vuelto al trabajo.

El del albornoz ya no estaba.

miércoles, 14 de febrero de 2007

Princesa por una noche

Hoy he soñado que me casaba con el príncipe. Bueno, no exactamente. Resulta que el hombre se había divorciado de Letizia (por nada en particular, sólo que ella estaba harta de pasar tantas horas en Palacio viendo cómo a su alrededor todo se desmorona y no tiene la posibilidad de sacarse una exclusiva potente; la princesa no está triste, la princesa está aburrida).

Pues eso: Felipe y Letizia habían cortado de forma amistosa, y aquél era el día que se anunciaba, en privado, mi compromiso con él. Mis padres, republicanos, estaban muy contentos. Mi padre pensaba: "por fin tendremos un espía en bando enemigo". Mi madre pensaba: "mierda, ahora tendré que ponerme zapatos de tacón".

Estábamos como en una fiesta, y por ahí andaba el rey. El rey y yo éramos colegas, y cuando me veía, venía corriendo a darme un abrazo. A mí me ponía en un compromiso, la verdad, porque es muy complicado hacer una reverencia y abrazar a alguien a la vez. Yo doblaba la rodilla, y al abrazarme él, casi se la clavo en un sitio sin querer.

Luego me sentaba en un patio con Letizia y sus hermanas (con la muerta también) y mirábamos cómo se hacía de noche. No estaban enfadadas conmigo; sólo fingían que no me conocían de nada. Letizia no paraba de repetir lo liberada que se sentía, y yo también era muy feliz.

Entonces me tocaba coger un avión para instalarme en Madrid con mis lacayos. Y el avión se estrellaba.

martes, 13 de febrero de 2007

Andorruña

En Andorra se ven cosas que no se ven en otras partes del mundo. Por ejemplo: 27 perfumerías por metro cuadrado. O calles sin semáforos. O águilas imperiales picoteando como si fueran palomas frente a la oficina de turismo.

Todos los que en Andorra saben hablar catalán son ministros de algo. Pero como hay escasez de habladores de catalán, todos tienen que ser ministros de muchos algos. Así, el ministro de Asuntos Exteriores, por ejemplo, también es ministro de Cultura y de Cooperación. Que, bien mirado, tiene su lógica, porque lo que pide es ayuda para que los países extranjeros cooperen en la promoción de su cultura, basada en el esquí (los inviernos que no son éste) y el fomento de la Real Academia de los Balnearios.

Estuve en Andorra hace poco, y los ministros (señores encorbatados con pinta de regidores) iban por ahí repartiendo invitaciones para beber gratis en un lugar llamado Buda. Vi lo nunca visto, como he dicho, porque un señor catalán así como relevante y cuya identidad preservaré porque va a ser el próximo emperador de Cataluña y temo que me expulse de su país, este tipo, digo, empalmaba un whisky sin hielo tras otro, mientras cambiaba el mundo con sus amigos los ministros andorranos.

Entonces pensé: entre estos ministros, también estará el de defensa, y el de justicia, y el de urbanismo (que creo que son los más importantes en un gobierno). Y a todo le decían que sí, y se reían juntos con ese tipo, y se servían un montón de Jameson sin hielo. Y pensé: a ver si Cataluña, que no puede independizarse, va a permitir que Andorra la conquiste.

Y eso es precisamente lo que hacían los ministros y el señor ése importante: conquistarse mútuamente (que para eso se inventó el alcohol). Porque lo de las guerras da mucho palo, y si encima tienes que cruzar los Pirineos, ya no te digo. Además, qué? Los andorranos lanzarían cócteles Lancôme, y los catalanes, butifarras. Y quedaría todo hecho un asco.

Aquella noche se iniciaron negociaciones más trascendentes de lo que parece en un bar fashion de los Pirineos en el que sonaba música chill-out y donde, bajo un suelo transparente, nadaban peces de colores.

La representación catalana creyó entrar en un paraíso fiscal. Sólo la resaca podría arrastrarla al infierno.

Y todos vascos.

domingo, 11 de febrero de 2007

sábado, 10 de febrero de 2007

Secuestrada

Estaba hace un par de semanas en la cama soñando con un hombre que se llama Futuro y que es bastante interesante, la verdad, porque te promete que te pondrá un piso, y que podréis pasaros los fines de semana leyendo, escribiendo, y viendo todos los capítulos de 'El ala oeste de la Casa Blanca', y te dice que lo del calentamiento global son cuentos, y que te cuidará para que nunca te pongas enferma, y que eso del cáncer no te va a pasar a ti y que vais a ser muy felices. Estaba soñando con ese tal Futuro, en fin, cuando, de repente, me entraron en casa.

La putada de soñar con el Futuro es que mola tanto que no te enteras de nada. De hecho, me consta que tuvo una amante muy entregada, creo que se llamaba Lechera, que estaba tan loca por él que el tipo le soltó: oye, mona, adiós muy buenas. Y luego le rompió el cántaro. Porque el Futuro es un tipo bastante independiente. Le gusta que le vayan detrás.

Si alguien me llama "mona" me muero. Pero bueno, yo estaba ahí, toda flipada con ese Futuro que iba a convertirme en... estoy intentado recordar algún referente de mujer feliz... en una... en fin, en una Don Pin Pona, cuando de repente un hijoputa encapuchado me saltó encima. Dejando al margen que se dio una buena hostia (porque duermo encima de unos palés en el suelo), el tío consiguió esposarme. Y me dijo: "Te quiero toda para mí".

A mí esos tíos tan pesados y tan acaparadores me dan bastante asco. Me aburren, la verdad, porque primero te piden que los acompañes al cine, y luego que vayáis de excursión y después, que vayas a comer con sus padres y más tarde, que les hagas la comida, y cuando ya te cogen confianza quieren que les dés hijos y trabajes para ellos y que llames al fontanero para que arregle las tuberías, y que limpies el baño, y friegues los platos, y que te saques el carné de conducir.

Como estaba medio muerta de miedo, no hice nada para soltarme. Y el tío incluso me amordazó (mejor, así no tuve que besarle). Efectivamente, era un pesado. Me contó que se llamaba Tiempo, y que íbamos a pasar el resto de nuestras vidas juntos, lo quisiera o no. Y que, lo quisiera o no, sólo podría hacer lo que él me permitiera.

Tuve una angustia existencial del cagarse. Y le pedí permiso para ir al baño.

En mi cuarto de baño hay un falso techo, y en el falso techo hay una trampilla. Así que me subí al lavabo, y trepé como si estuviera en una película rollo Misión Imposible y salí como a un desván que ignoraba que tuviera en casa, lleno de palomas asquerosas con piojos. Entonces me puse a correr, con esposas y todo, hasta que llegué a una escalera. Subí por la escalera, y me encontré en el terrado de mi edificio. Y flipé, porque no sabía que tuviera un terrado. Salté al edificio contiguo. Y al otro. Y al otro. Así, indefinidamente.

Desde entonces, sigo corriendo.