martes, 13 de marzo de 2007

Cómo se hunden los recuerdos



Bajaba hasta la calle del Mar con las espardenyes de suela de esparto. Subía por la escalera del número 8 mientras preguntaba "¿se puede?" alargando mucho la e. Luego besaba a los abuelos -la cara arrugada de mi abuela, que fumaba Record de la caja verde-, y mi abuelo me llevaba en barca a pescar. La abuela se asomaba al balcón un momento mientras nos acercábamos a la boca del puerto, que a mí me daba un poco de miedo, porque allí las olas nos daban con fuerza y yo creía que íbamos a zozobrar.

Cuando la palabra zozobrar no existía todavía. O no para mí.

Mi abuelo al timón, con aquellos pantalones cortos azul marino y otro tipo de espardenya también azul (las suelas de goma) viraba hasta que la proa se encaraba a las olas. Los cormoranes buceaban durante más tiempo del que aprendí a contar; desaparecían casi debajo de la barca y reaparecían en las rocas, a veces con un pez en la boca.

Nos acercábamos al faro y tirábamos el ancla. Una imagen de silencio es cuando mi abuelo apagaba el motor del llaüt. Luego recuerdo los dedos metidos en la masa del pan mojado. No necesitábamos pescar con gusano, aunque también lo hicimos alguna vez, y eran amarillos y parecían mecanos. Cuidado con el anzuelo. El anzuelo se te metía en la piel de la mano, si no ibas con cuidado, y no te hacía daño, pero era muy molesto.

Nunca pescábamos nada, porque ya entonces lo único que podías sacar era una llisa guarra y había que devolverla al agua. Las llises se alimentan de mierda. Mi abuelo decía "de caca".

A veces, cuando buceaba en la playa, veía estrellas de mar que se escondían en la arena. Mi amigo Sebastià cazaba pulpos poniendo una lata en el embarcadero, donde los pulpos se refugiaban, y alguien, años antes, vio flotar un cuerpo sin cabeza por allí cerca.

También hacíamos guerras de agua, cada grupo de amigos desde su barca. Luego volvía a casa, junto a la iglesia, la misa se hacía fuera. En bañador, empapada, pasaba entre las beatas, por debajo de los pinos, y el cura ponía el grito en el cielo, y también ponía allí las manos y las cejas y la mirada. El padre de alguno de mis amigos nos reñía porque nos habíamos cargado el motor de su llaüt d'una poalada d'aigua.

Cuando crecimos, nos mojamos de otras maneras.

Mi abuela todavía fuma Record de la caja verde. Pronto mi abuelo habrá vivido más años en mi memoria que en mi vida. Ya no quedan ni llises.

Lo van a convertir en un puerto deportivo.

2 comentarios:

Abraham dijo...

Lo que has contado y descrito tan bien le rinde consistente memoria. Embarcaderos, ahí es nada, donde se no s va la vida. Ya me gustaría tener pensar en un barco, jejeje, es bonito.

Yago dijo...

Ara ses llises guarres estan de batleses a s'Ajuntament de Felanitx... no sé si és guarra, però llisa sí.