miércoles, 15 de septiembre de 2010

Losers Night




Conocí al primo de Peter Pan en tercero de carrera. Yo le pasaba los apuntes de Portugués porque él no iba nunca a clase, y también se apuntó a Francés porque estudió en el Liceo, su madre es gabacha y, en fin, pensó que así se aseguraba la matrícula, pero no. (El otro día, por cierto, encontré una redacción que escribí en la lengua de Pessoa. Ponía que su madre vendía aspiradoras, pero ignoro si eso lo inventó él, lo inventé yo, fue un error de traducción o simplemente es cierto).

Conocí al primo de Peter Pan en el bar de la facultad mientras me comía un bocadillo de queso y él estaba un poco enamorado de una chica que cayó enferma, leucemia, y que posteriormente murió.

Y luego yo también le gusté un poco y no me morí y, aunque por entonces salía con un chico mallorquín trece años mayor, besé al primo de Peter Pan en la boca, y algunas noches dormí con él, pero nunca pasamos del inocente magreo que corresponde a dos niños que lo siguen siendo por puro empeño y con el tiempo en contra.

El primo de Peter Pan se convirtió en uno de mis mejores amigos. Coincidimos en París, la novia que tenía entonces cumplía años el mismo día que yo. Recuerdo que ella no estaba en París ese día, y que el primo de Peter Pan se quedó en París conmigo, y que volvimos a besarnos tiernamente en los labios antes de que yo le apartara también tiernamente pero con un rotundo "no".

La novia que tenía entonces se casó con otro. El primo de Peter Pan lo pasó muy mal por culpa de la incredulidad y porque estaba seguro de que se quedaría solo para siempre, y al primo de Peter Pan le asusta la soledad. Quiere tener hijos.

Luego salió con un pez. No era un besugo, era un pececillo de río, que se movía con gracia y tenía los ojos muy grandes y muy mala memoria y un poco de mala hostia también.

Cortó con el pez. El pez se instaló en el piso de enfrente. El primo de Peter Pan volvió a pasarlo muy mal porque, cada vez que follaba, oía los gemidos de su pez a través del patio de luces y tampoco era plan.

El primo de Peter Pan siempre ha sido un loser, hasta que descubrió que los losers estaban de moda. Entonces se recreó en el papel de sí mismo. Empezó a ligar. Entre sus conquistas: una francesita de diecinueve años que iba tan rigurosamente depilada y tenía una imaginación sexual tan desarrollada que el primo de Peter Pan se acojonó. Ahí, en bolas, en la cama. Por lo que tengo entendido, los gatillazos suelen ser humillantes. Lo dicho: un loser total.

El otro día, el primo de Peter Pan y dos amigos suyos pasaron a buscarme en taxi. Querían que fuéramos a la terraza del hotel Wela para comprobar si es fácil pillar cacho. El hotel Wela es una horterada que construyó Ricardo Bofill, petada de guiris pijos y viejas con pasta. A los amigos del primo de Peter Pan los conozco desde hace siglos.

Komodo es el típico chico alto, guapo, muy interesante, que estudió telecos y bellas artes a la vez, un poco histriónico, que sólo sale con chicas espectaculares y raritas, y que suaviza su simpatía con una actitud borde-paternalista encantadora.

Él también vivió una temporada en París y vendía crêpes, dulce bohemia. Antes estudió en la escuela de cine de Cuba y ahora es director de fotografía. Su problema es que a veces no se ducha y jamás se pone desodorante. Eso no merma ni un ápice su éxito.

The Gap es conductor de metros. Nos conocimos en el barrio de Gracia, una noche que, con todo lo borracha que iba, se me ocurrió chutar a puerta en un partido que se disputaba en la plaza del Sol. Espera, espera, que voy. Balón parado. Mi pie apenas lo rozó, del impulso caí de espaldas golpeándome la cabeza. Lo más interesante es que no derramé ni una gota de mi cerveza, servida en vaso de tubo.

The Gap dijo estar muy preocupado por mí, tal vez yo tuviera una conmoción cerebral. En tal caso, podría morir durante la noche. Se ofreció a pasarla conmigo, por si me ocurría algo, y le contesté que sí, que claro, no me apetecía morirme.

Pasamos la noche juntos, no sucedió nada, y al día siguiente me invitó a comer una paella en Sitges. La putada es que se tomó la libertad de volver a casa después, supongo que pensó que sería algo así como un try again.

Antes de que me invitara otra vez a comer, a la mañana siguiente le propuse que fuera a comprar croissants mientras yo preparaba el café. Cuando regresó, no le abrí la puerta.

No había vuelto a verlo desde entonces. Han pasado diez años.

Situación en el taxi: Komodo me pregunta, muy alterado, si a las mujeres nos gusta que se corran en nuestra cara. "Es que éstos dicen que es lo normal, que si no te corres en su cara estás acabado". Les pregunto si lo hacen a traición o avisan antes. El taxista flipa.

Sobre todo cuando el primo de Peter Pan y compañía se refieren al gesto en cuestión como facial-lotion.

Ni siquiera alcanzamos el ascensor del hotel Wela, está prohibido subir a la terraza en chanclas y/o hawaianas, calzado que, evidentemente, lleva el primo de Peter Pan, menudo loser.

Vamos al barrio del Born. Diez chicas holandesas toman mojitos con un señor rico pakistaní. Mis acompañantes no se atreven a acercarse, tal vez estar tomando cervezas de la marca servesa-bier-amigo no resulta muy seductor.

Pero bueno, aprovecho que el señor pakistaní ha entrado a buscar más mojitos para pedirles una foto a todos juntos, a ellas y ellos. Las holandesas están encantadas y el espejismo dura una hora, más o menos, en la que hablamos animadamente de todo y de nada, que es de lo que se trata.

De repente, el señor rico pakistaní pasa un brazo alrededor de la cintura de la más buenorra de las holandesas y las demás siguen a la pareja sin despedirse. Todas menos una, muy maja, que empieza a repartir besos fugazmente a todo el mundo cuando, sin aviso previo, la buenorra la agarra del brazo, la arrastra y, contestando a algo que ha preguntado el señor rico pakistaní, dice enfadada: "Not friends at all". Desaparecen.

El primo de Peter Pan y sus amigos se sienten especialmente perdedores. Ligo por ellos con una portuguesa y llega su amigo. Ligo por ellos con unas porretas que se sientan en la calle. Una de ellas nos alcanza luego y le pide el teléfono a Komodo.

Acabamos en uno de esos antros al que sólo llegan los solteros y en mal estado. Pese a todo lo que me he bebido, estoy demasiado lúcida para aguantar esto. El primo de Peter Pan dice: "Nadie se va de aquí sin haber besado antes a alguien". Le planto un beso en los labios.

Me largo.

Aunque me he divertido mucho, estoy profundamente deprimida. Vuelvo a casa caminando mientras se despiertan los pájaros. En mi iPod, Yo La Tengo canta Almost True.

4 comentarios:

carlos de la parra dijo...

Como relato está plenamente cargado de ingenio humorístico, por otra parte si resulta ser que nos cuentas un episodio de algún recuerdo real, te diré que sigue siendo incomprensible para mi lo democráticas que sois algunas chicas para sufrir la compañía de pelmazos como el aquí descrito,
De las reglas básicas para el éxito es zafa la compañía de los pendejos, entiendo que puede resultar un cuanto difícil pues hay tantos que si los reúnes tapas la luz del sol.

vaderetrocordero dijo...

No le dés más vueltas. Sentar la cabeza forma parte de la vendida de moto que nos han colado, junto con las hipotecas y comprar un coche. Es un estado pasajero que dura unos años, luego nos acabamos separando igualmente, pero teniendo que pagar a un abogado, cargar con las letras a medias y arrastrando unos críos. El resultado final es el mismo, pero sin la libertad ni la potencialidad y con más responsabilidades.

He releído hace poco un comentario que me dejaste hace dos años en el que ya decías que tener treinta era como el juego de las sillas, y que si sigues bailando porque te gusta la música te quedas sin silla. Creo que ni tú ni yo valemos para vivir sentados.

Pascu dijo...

Jo! Debo de estar más acabado de lo que pensaba.

zim dijo...

Jajaja ... enviar a alguien a comprar croissants y no abrirle la puerta a su regreso es algo que todos deberíamos haber aprendido y practicado alguna vez. A saber la historia que hubiéramos escrito en ese otro caso.
Paso a menudo por aquí, y me suele gustar. Saludos.