martes, 8 de julio de 2008

La gata sobre el tajado

La gata se comía a sus hijos. Empezaba por las orejas, y estaba triste. Tenía que comérselos porque no tenía con qué alimentarlos. Me lo contaba entre maullidos y he pensado en la lógica de los gatos y en la cantidad de veces que uno sueña con ellos. Empezaba por las orejas.

Una vez, tendría unos 12 años, fui a visitar a una amiga cuyo apellido era Poyatos. Nos reíamos de ella por su apellido, claro. También porque fue la primera a la que le salieron tetas, unas tetas enormes. Algunas niñas le tenían envidia, por eso se reían de ella; otras le tenían miedo, porque esas tetas representaban el preludio incómodo de lo que nos pasaría a todas después.

Evidentemente, Poyatos fue la primera en tener la regla. Un compañero de clase, un bestia, se llamaba David, le cantaba: "Comprecha comprechina, no las compre que es cochina".

Poyatos lo tenía chungo, con esa regla precoz y esas tetas tan grandes. Además le gustaban los animales; tenía una tórtola y un gato. Un siamés, creo. Besaba a la tórtola en la cabecita, pero no recuerdo qué nombre le puso. Tampoco al gato siamés. Sí, lo era, era siamés seguro. Sin rabo.

Luego, con los años, todas tuvimos más o menos tetas, y más o menos la regla. Recuerdo que ella fue quien me dijo que los Reyes Magos no existían, y recuerdo que luego fui yo quien le preguntó cómo coño se ponía una fina y segura; porque fina lo soy un rato, pero segura, depende del día.

Pero eso, que pasado un tiempo, ni las tetas ni la regla eran elementos tan extraordinarios, y poco a poco fuimos acostumbrándonos al apellido de Poyatos. De modo que ya nadie le cantaba lo de "comprecha comprechina", y ella empezó a pasar de los animales y se hizo punkarra y se vistió toda de negro, y a los 17 ya se le habían caído las tetas al suelo.

Sin embargo, antes ocurrió algo. Tendríamos unos 12 años, y yo iba a visitarla al hospital porque ella acababa de ser mamá. Recuerdo el olor aséptico del desinfectante, la imagen de aquella virgen en las paredes solicitando silencio, los fluorescentes en el techo y, en el suelo, esas baldosas como de piedras rotas, partidas por la mitad. Recuerdo que pensé que los hospitales te despojan de los sentidos, no ves nada más que el blanco, no se oye nada, no hueles más que a medicamento, no hay tacto. Te despojan de los sentidos para que te acostumbres a la muerte.

Poyatos estaba en la habitación 117, no sé por qué había ido a verla, no éramos amigas, no nos conocíamos tanto. Hola, le dije. Y ella estaba tumbada en la cama, cansada y contenta. "¿Quieres verlos?", preguntó. Pensé que eran gemelos.

Lo fuerte no es que lo recuerde, sino que lo haga como si hubiera ocurrido ayer. Me acerco a la cuna, me asomo y, dentro, hay gatos. Decenas de gatos. Que se mueven como ratas y que comen algo.

Odio hablar de los sueños, odio que alguien me hable de sus sueños. Pero es curioso cómo los gatos aparecen en ellos sin venir a cuento. Durante uno de esos días sin día que estaba en casa, leí en el diario de un escritor que él también había soñado con gatos. Gatos decapitados en un tejado. El tejado de un pueblo al que el escritor solía subirse los veranos para observar la luna, y provocar las risas de sus paisanos que, como paisanos fuimos nosotros de Poyatos, no entenderían qué hacía allí, por delante, por encima.

Por delante, por la delantera, claro; en el caso de ella. A mí me llamaron La gata sobre el tajado, porque gata, en mallorquín, es borracha. El tajado es el que se pilla una taja en Mallorca y donde sea.

La gata se comía a sus hijos, empezaba por las orejas. Por vergüenza y por pudor, antes los escondía en mi bolso. Yo olvidaba que estaba allí, en mi bolso, devorándolos, y me colgaba el bolso del hombro, y luego, de repente, recordaba que dentro, mientras yo salía a la calle, tenía lugar el horror.

El horror colgado del hombro, junto a la cartera con la T-10 del metro.

Me ha despertado el dolor. Acababa de venirme la regla y he ido corriendo al baño mientras cantaba para mí: "Comprecha comprechina, no las compre que...".

El dolor nos saca de quicio. La máquina perfecta es el hombre, no la mujer. El dolor anula cualquier sentimiento, como en un hospital, cualquier capacidad para pensar en nada que no sea la pura impaciencia. Impaciencia para que se nos pase el puto dolor de los cojones (de los ovarios, mejor), hostia. El único defecto del hombre es que se perdió el capítulo de Barrio Sésamo en el que enseñaban la diferencia entre "dentro" y "fuera"; y no dan ni una, ni en la taza del váter, ni en la entrepierna.

He ido a comer con una amiga a la que hacía tiempo que no veía. Me ha invitado a un japonés. Ha recibido un mensaje en el móvil. "Es de una persona interesada en un gatito que encontré el otro día", ha dicho, "se me coló en el patio, pero no puedo quedármelo, porque ya tengo seis".

Luego he subido un momento a su casa. He visto a los seis gatos capados y al gatito. He estado a punto de quedármelo. Pero luego me ha invadido el miedo, mucho miedo. Y he salido corriendo, tapándome las orejas.

14 comentarios:

martin dijo...

¿no te has quedado al gatito entonces?
Le podrías haber puesto Maurice....

Un abrazo

chexpirit dijo...

No puedo dejar de pensar en lo solas que se sentirían las tetas de tu amiga Poyatos. Ningún mayor de edad se las ha podido ver en todo su esplendor sin que sea delito. He tenido un atisbo de alegría erótica cuando has dicho que se hizo punkarra, pero cuando has dicho que las tetas se le habían caido, mi mente ha transformado a Poyatos en una punky pellejera y al tener las dos manos libres he podido ponerte un comentario... y aquí estoy... buen post y eso... buenas noches

Paul Spleen dijo...

Hace 59 ó 24 años, un hombre arreglado ya escribió: «Del dolor físico sólo se puede desear una cosa: que cese. Nada en el mundo es tan malo como el dolor físico. Ante eso no hay héroes.»

al dijo...

"[Los hospitales] Te despojan de los sentidos para que te acostumbres a la muerte." Si este blog sólo tuviera esta frase, seguiría siendo insuperable.

(I què tal "la gata sobre el torrat"?)

Chocolat Soul dijo...

Sonará muy típico, pero me encanta tu blog. Entré por casualidad al leer un comentario tuyo en la bitacora de martin y debo confesar que me encanta lo que escribes y como lo escribes. Con tu permiso, te añado a mis propios favoritos, para tenerte más a mano!
Un saludillo y me encanta el "no surprises"

Benjuí dijo...

La adolescencia: menuda putada.
Los sueños: he aprendido a olvidarme de ellos nada más despertar, todo un triunfo.
Pero me gustan los que tú escribes y, aunque también hace siglos que me olvidé de Freud, juego a imaginar en qué lío andas metida para soñar tanto y recordar tanto.

tequila dijo...

Yo nunca sueño con gatos, será porque no me gustan.
"la máquina perfecta es el hombre..." una vez al mes tb lo creo.
Un beso

Sharif Bujanda dijo...

Pues ahora q lo menciona Tequila, yo tampoco sueño con gatos, quizá porque solo me hacen gracia de lejitos. El relato como siempre muy bueno.
Saludos.

Zebedeo dijo...

Así que la gata sobre el tajado ¿eh? El tajado ¿de que era? ¿de cerveza, ginebra, whisky, vodka.... de todo lo anterior junto...?

Un brindis.

la guardiana dijo...

Yo sigo diciendo q la culpa de todo la tienen mi padre q es qien debia poner el cromosoma Y para q yo fuera un hombre y no una mujer.

Con mis mil perdones a todos los hombres pero en mi opinion ser hombre es mucho mas facil y os envidio!

karen dijo...

No sé que comentar, esta entrada fue un viaje surreal, de emociones pasadas, de miedos, de dolor bajo las luces flourescentes que titilan enfermizas en los pasillos del hospital...esas que se aprende a querer a la fuerza, porque igual algo iluminan...

"La gata se comía a sus hijos. Empezaba por las orejas, y estaba triste."

Recuerdo a la gata de mi abue, nunca la vi triste después de comérselos y la impresión que dejó en mí esa imagen...lo recordé...hasta hoy...

El horror que llevo colgado al hombro no es felino, pero si canival...

Buen finde...

p.d. Se me olvidó decirte que este es un texto magnífico...

38 grados dijo...

Que me perdonen los amantes de los felinos, pero a mi todo lo que hace miau me pone como alterado.

Esa imagen de la cuna llena de gatos me ha marcado. Esta noche pesadillas... buaf.

vaderetrocordero dijo...

Si, a mi tambiénme impresionó bastante.

Por cierto, me ha encantado barcelona. Era mi primera vez y espero que no sea la última!

hell agus dijo...

Actualizadas mis paranoias
Saludos.
El Agus (aka Hell Agus)