miércoles, 9 de enero de 2008

Mesa para ausentes


La invitación llegó directamente de la trampilla que hay en mi cuarto de baño, y eso tendría que haberme hecho sospechar.

Pero, no sé. En mi familia somos muchos, mi abuela está harta de hacer croquetas por estas fechas. Y pensé que sería buena idea que fuéramos todos a aquella casa, en un lugar del que no había oído hablar nunca, capaz de hacerte saltar las lágrimas: Ayora.

"¿Y eso dónde para?", preguntó mi prima sin levantar los ojos de la Nintendo que le enseña japonés. "En Valencia", contesté. Y su hermana corrió a ponerse las bragas negras de Snoopy y los pantalones holgados que permiten que los demás veamos la palabra 'Snoopy' impresa en fucsia sobre las bragas negras de Snoopy.

Bien. Tomamos todos los medios de transporte para llegar. Y la casa era un horror. Fea de cojones. A mí me daba miedo incluso salir del coche.

Los demás son más valientes. Y encima no tienen problemas. Me refiero a que creen que todo se soluciona diciendo en voz alta lo que les molesta. Por ejemplo, mi tía le dice a mi madre: "Me molesta tu aquiescencia", y mi madre contesta: "Pues a mí me molesta que sólo comas queso".

Y bueno, la aquiescente lo seguirá siendo; y mi tía, como mucho, probará un poco de jamón. Pero las dos se sentirán mucho más cencanas gracias a lo que se han dicho.

A mi hermano el maligno y a mí estas cosas nos avergüenzan un poco. A veces creo que, el día que dijimos lo que nos molestaba, recibimos un sopapo y por eso ya no lo decimos. Pero la verdad es que no recuerdo que nadie nos diera un bofetón.

Otras veces creo que nacimos sin cara. Si naces sin cara, no puedes darla, porque no la tienes. Y si no das la cara eres un puto cobarde. O un discreto. O un precavido.

O no. Quizá, si no tienes cara, eres un descarado. Aunque, a lo mejor, para ser un descarado han tenido que arrancártela. ¿O bastará con que te la partan?

Qué más da. Mi hermano el maligno y yo somos más tímidos que el resto de nuestra familia. Por eso, cuando llegamos a la casa de Ayora, y vimos que era tan fea, no nos atrevimos a salir del coche. Sabíamos lo que iba a pasar.

Llegó el propietario de la casa, cuyo nombre es impronunciable, y pasó lo que mi hermano y yo ya sabíamos. Que mi abuela, hasta las croquetas de la situación, le dijo: "Menuda casa más fea, en Internet no era así. ¿Ha empezado una guerra mundial y no nos hemos enterado?".

Mi tía se animó: "Siempre he dicho que quien alquila una casa pobre es porque es un pobre de espíritu". La hostia.

Mi hermano el maligno y yo entendimos que en el coche ya no estábamos seguros. Ese propietario de nombre impronunciable podía estrellar su tractor contra el vehículo. Y salimos corriendo por el prado. O lo que fuera eso, tan lleno de matojos y envoltorios de chocolatinas Tokke.

Entonces, de repente, a apenas unos trescientos metros, nos dimos de bruces con eso. Y eso era una mesa en medio del campo. Una mesa de madera, vacía, flanqueada por cuatro sillas. Junto a la mesa, había una piscina pintada de color azul.

Mi hermano el maligno ocultó el rostro entre las manos. A mí se me desencajó la mandíbula. Tragué saliva. Tomé aire y confesé de dónde salía la invitación.

Si hay un día al año en el que el infierno está vacío, ése es Navidad. Todos se han reunido con el niño Jesús, y le regalan mirra para que se haga porros, y también le regalan incienso para que su padre no note el olor. Oro.

Ese día, el pobre diablo se queda muy solo. Y por eso, supongo, me convocó. El diablo, a veces, se instala en mi buhardilla, se cobija junto al calentador, me roba los zapatos. Imagino que debió de tenderme una trampa. O quizá lo suyo fuera realmente una invitación para que le hiciéramos compañía. No sé.

No es que el nombre del propietario de la casa fuera impronunciable. Es que él era el innombrable. Y la verdad es que se portó de puta madre: nos dio churros y madalenas para desayunar. Nos enseñó sus ciervas y sus jabalíes.

Resumiendo, que se hace tarde: puede que haya pasado las Navidades en el infierno. Pero ya estoy aquí.

4 comentarios:

humo dijo...

¿Dónde te crees que hemos pasado las Fiestas los demás? ¿En el Cielo?

Pi dijo...

Ay, Mel Mel, qué bueno reirse imaginando esa cara tuya y del maligno delante de la mesa y la piscina pintada de azul!!! qué bueno reirse imaginando todo lo que cuentas a pesar de qeu mis tripas rugeeeen de hammmmbreeeeeee.

Cómo se hacen esperar tus post!Pi (a las 2 menos viente)

vaderetrocordero dijo...

A mi es que esa sensación me la produce Valencia en general. Debe ser porque sólo he estado en fallas y para tocar con laputaorquesta.

Cosas mias y otros cuentos dijo...

Estas como una chooootaaaaaaaaaaaa!!!!!!!!!
Mencanta.