sábado, 14 de agosto de 2010

Happyland (II)



Zig Zag Lombard Drive

Mi amiga La Loca se compró un libro maldito. Quería estudiar su publicación en castellano y el vendedor de City Lights la miró con ojos como platos. Supongo que pretendía advertirnos de algo.

Quedamos con Matt el Moreno para ir al MoMa, pero en el último momento cambiamos de planes y él también compró un ejemplar de aquel libro maldito. Empezarían a leerlo aquella misma noche, a ver quién era capaz de llegar más lejos. Lo comentarían a la mañana siguiente.

Matt el Moreno nos llevó al árbol de los deseos (que es una mierda pinchada en un palo, o mejor dicho: es un palo de mierda directamente, hecho de cartón piedra, donde la gente es tan vaga que, en vez de escribir sus deseos, sólo los piensa y ata un cordel rosa o blanco en una de sus ramas y creen que con eso ya basta). Mi amiga La Loca pidió el conocimiento universal y yo, todo lo contrario: la felicidad eterna. Nosotras sí los dejamos escritos en un ticket de metro. Ese puto árbol no sirve para nada.

Aquella noche empezaron a suceder cosas extrañas. Mi amiga La Loca tiene insomnio, por eso a mí me tocaba dormir en el suelo de la cocina. Tampoco yo logré conciliar el sueño hasta la madrugada y cuando lo conseguí, tuve pesadillas. Soñé que una presencia nos observaba: era la hermana gemela de mi amiga La Loca que, por alguna extraña razón, habitaba aquella casa, exactamente en el rincón que hay entre el fregadero y la cocina. Ese rincón quedaba detrás de mí, de modo que yo notaba sus ojos clavados en mi cogote. Volví a despertarme por culpa de unos golpes metálicos persistentes. Era la caldera que, al calentar los radiadores, los dilataba con estruendo. Como en El Resplandor, me cago en la puta. No volví a dormirme hasta que salió el sol.

Al día siguiente llegaban Nick y Christof de Los Angeles, y mi amiga La Loca estaba tan contenta que me dijo: “Vayamos en taxi, ya lo pago yo”. Habremos cogido el 30 y el 14 una veintena de veces, pero la impaciencia provoca reacciones impulsivas cuyas consecuencias pueden ser terribles. Fue el caso. Al verlos en la Guerrero con la 16, mi amiga La Loca saltó literal y literariamente a sus brazos. Dejándose, cómo no, la cartera en el asiento trasero. Y las tarjetas. Y el DNI. Y algunos dólares.

Nos pasamos aproximadamente una hora llamando a diez de las cuarenta compañías de taxis que hay en San Francisco, convencidas de que, como nos encontrábamos en Happyland, sin duda sería sencillo localizar al conductor que nos había llevado. Habíamos hablado con él: sabíamos que era jordano, que llevaba cuatro años allí, que tenía una hija de tres y que planeaba buscar trabajo en España. La putada es que a los taxistas se les reconoce por un número, y no por sus biografías, de modo que aquellas llamadas fueron en vano. Me lo tomé como la segunda maldición del libro.

Nuestras aventuras con Nick y Christof merecen un capítulo aparte, ellos sí consiguieron nuestra felicidad absoluta y nos brindaron un conocimiento universal que no aparece en los libros. Pero centrémonos en aquel ejemplar endemoniado, satánico, que haría temblar de puro miedo y retorcerse de envidia a los autores más consagrados del género del terror.

Ahí estaba, en la mesita de noche de mi amiga La Loca. Ella leyó unas páginas, cierto, pero su influencia traspasaba el reconocido poder de la lectura e iba mucho más allá. O Más Allá. El simple hecho de que se hallara bajo nuestro mismo techo lo impregnaba todo de una atmósfera inquietante. Al menos, lo hizo durante unos días, en los que incluso la gente de la calle parecía especialmente irritable.

La cosa fue in crescendo, pero lo aribuímos a que el domingo es el día de los frikis. Por alguna razón que se nos escapa, el domingo se llenó de seres extraños. Un negro sin dientes que arrastraba una gigantesca bolsa naranja de plástico, en la que pedía que dejáramos algo, insultaba a los chinos del autobús. Zombies, yonquis y gente sin hogar vagabundeaban con el mismo desencanto y los mismos ojos amarillos, y resultaba imposible diferenciar a unos de otros. Alguien se había dejado abierta la trampilla del sueño americano. Por allí se escapaban y corporeizaban, sucias y podridas, sus peores pesadillas.

¿Por qué el domingo? Mi amiga La Loca tiene una teoría: “por la misa, van a las puertas a pedir”. Es posible. Mis padres viven cerca del hospital psiquiátrico y el domingo es el día que dejan salir a los internos. Estoy acostumbrada a cruzarme con Jesucristo, Napoleón y Madame Bovary sin cambiar de acera.

Sucedió la noche del lunes. Ella estaba viendo Jeanne Dielman, 23 Quai du Commerce, 1080 Bruxelles, una película fotográficamente excelente que provoca comentarios como: “Está preparando el desayuno y limpiando los zapatos de su hijo desde hace cuatro horas. ¿Por qué antes la gente utilizaba betún y esas cosas y ahora ya no lo hacemos? Damos asco, no limpiamos los zapatos. ¡Dios! La escena de los zapatos me encanta, la voy a volver a poner. No me conoces. Habré visto una escena de Bresson donde una mujer tiende la ropa unas veinte veces”.


Yo repasaba Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. Habíamos pasado un día tranquilo en casa, en el que yo escribí algún e-mail y ella colgó fotos en Facebook, no soy muy dada a los filmes de tres horas y media en los que no pasa nada. Mi amiga La Loca: “Increíble, está doblando el pijama y hacienco la cama. Es maravillosa esta película, lo mejor que he visto en la vida. Para una persona como yo... la voy a ver veinte veces”.

De hecho, reconozco que intenté sentarme un rato ante aquella obra maestra, pero como soy la reina del mainstream, preferí que mi amiga La Loca me la fuera contando: “Eh! Nos hemos cascado su viaje en ascensor enterito. Y no vivía en el primero, precisamente!”.

De repente, oímos un ruido de platos rotos. Otra vez. Y otra. Procedía de la calle. Al principio, no hicimos caso, hasta que caí en la cuenta de que en aquella calle de San Francisco no había un contenedor para reciclar vidrio, como sí los hay en Barcelona. El ruido era nítido, y se repetía cada vez más cerca. Corrimos a la ventana. Vivíamos en un primero y vimos cómo un chico perseguía a una chica hasta llegar a la altura de un Porsche. Entonces, no sé qué hizo él y ella desapareció. Él abrió el coche, saltó dentro y se fue veloz. Dije: “Está en el suelo”. ¿Dónde podía estar ella, si no?

Un taxista le contó a mi amiga La Loca que la gente de San Francisco está tan orgullosa de su ciudad que finge que nunca pasa nada, que no hay violencia, ojos que no ven, happyland. El problema es que los turistas o los nuevos no saben qué peligros encierran sus calles, ignoran qué barrios son peligrosos, etcétera. Nosotras vivíamos en un barrio pijo y presenciamos eso, Zig Zag Lombard Drive.

A las cinco de la madrugada, me despertó la sirena de un coche patrulla. Se detuvo delante de mi ventana. Al cabo de un rato, las luces naranjas de los bomberos se colaban por las persianas. Vino un segundo camión de bomberos, y entonces desperté a mi amiga. Nos asomamos otra vez y, en la misma esquina en la que habíamos visto la persecución unas horas antes, se llevaban a alguien en una camilla. Pero no era una chica, era un hombre. Y estaba consciente, sentado. Estuvimos observando la escena un buen rato.

¿Qué ocurrió? Nunca lo sabremos. Pasamos otra noche en vela y mi amiga La Loca se enfadó un poco conmigo por haberla despertado, según ella, sin motivo. Pero la culpa no era mía. Se lo dije: “Sabes por qué pasa todo esto, ¿no?”. Suspiró: “Sí, el libro”.

Leer puede matar y es perjudicial para el insomnio.

3 comentarios:

Pascu dijo...

"Alguien se había dejado abierta la trampilla del sueño americano".

Excelente frase para leer.

al dijo...

Cuando delante de un árbol tienes que elegir entre la felicidad y la ciencia, no puede salir nada bueno. Lo decían en un libro.

carlos de la parra dijo...

Curiosamente en la India se produce mucho cine de éste durante el cual no ocurre nada ,yo les llamo : películas acerca de gente caminando. Y además las hacen de tres horas de duración.
¿Habrá suficiente mercado para tales cintas, o es que son subsidiadas?