lunes, 13 de julio de 2009

Hombres supuestamente interesantes con los que nunca volveré a acostarme (III)

El hombre perfecto. Irrumpió en mi casa cuando aún era pequeña. Lo hizo dejando esa huella que deja un nombre impreso en la última página de un periódico. Lo hizo con la misma fuerza con la que ese nombre se pronuncia, sobre todo si acompaña al tuyo. Nunca las comparaciones son tan odiosas como cuando se espera algo de ti, se espera que te parezcas a alguien, cuando alguien quiere que llegues a aquel sitio donde aquel otro ya llegó.

Nos conocimos años más tarde, me sabía sus artículos de memoria. También fingía creerme aquel personaje que él había creado por escrito: un misógino solitario que no llegaba a ser del todo cínico porque, en el fondo, le faltaba maldad. No en la forma: parecía maleducado a propósito. Nadie sabía muy bien si era tímido o arrogante; si, como dice Juan Bonilla, se quitaba importancia porque ésa era una manera de dársela.

Nos conocimos en la redacción de aquel periódico que desde pequeña había estado por casa, sobre el escritorio de mi padre o en la mesa de la cocina a la hora del desayuno, o despedazado en el sofá junto a los suplementos cada domingo. Era aún más guapo que en aquella foto de mierda que acompañaba sus artículos, pero más bajo de lo que yo había imaginado. Y eso que era alto.

Era un chulo, pero yo más. No tardé en convertirme en su becaria favorita.

Ejemplo: "becaria, ésta es mi mesa". Yo: "un momento, que ya acabo". Pero exagero; él nunca me hubiera llamado becaria.

Tenía casi veinte años más que yo y salía con una mujer guerrera que me ofreció trabajo en la tele. No sé si lo hizo porque sabía demasiado, porque quería controlarme, porque quería alejarme de él, porque era una morbosa, o porque no sospechaba nada. No acepté el trabajo de aquella novia celosa o ingenua. Y, de todos modos, en aquella época había poco que recelar. 

Un día él vino a mi pupitre, entonces ya me habían asignado uno. Dijo vamos esta tarde al cine, dije vale, luego recordé que tenía una cena con mi novio oficial, le dije mejor mañana, me dijo mañana te llamo, y no llamó. 

Mi padre nos vio bajar por la escalera; había venido a buscarme para que fuéramos a comer por ahí. Todavía no había pasado nada. O tal vez sí, porque mi padre me advirtió: te queda grande. No, mi padre nunca diría eso. Tal vez fuera: es viejo para ti.

Diez meses más tarde, dejé aquella redacción. Solté un: aquí os quedáis. Él preguntó: ¿vas a comerte el mundo? Respondí: qué va, qué indigesto. Y al final más o menos he tenido que tragármelo con patatas, pero ésta es otra cuestión. Me dijo: llámame un día. Le dije: dame tu e-mail. Y así empezó un intercambio epistolar que duró un montón de años. Tantos, que ni me acuerdo.

Tres hombres me han enseñado a leer. Él me enseñó a escribir. No me pasaba una. Cada error que yo cometía equivalía a párrafos y párrafos de mofas, de burlas, de reprimendas por su parte; él siempre esperaba más de mí. Yo no podía cagarla tanto.

Me esforzaba en acertar, ya no sólo en los datos, las fechas, los nombres, sino también en las palabras, los conceptos. Una expresión incorrecta daba lugar a malas interpretaciones cuyas consecuencias me hacían sudar, me daban dolor de barriga. Tenía que transmitirle exactamente aquello que quería que supiera, sin decir más, tampoco menos. El tono, el tono. El tono nos obsesionaba a ambos.

Mientras le escribía, agotaba paquetes de tabaco. Repasaba y repasaba cada carta antes de pulsar sobre "enviar". Una vez enviado el e-mail, lo leía de nuevo. Y otra vez.

Quería estar a su altura. Su nombre había llenado mi casa, las conversaciones de mi familia, las discusiones de mis amigos, su nombre había nombrado mi futuro y yo merecía aquel futuro que llevaba su nombre. Tal vez sea la única persona a la que he admirado, y nunca se lo dije. O bueno, sí, pero únicamente cuando logré perderle el miedo; nunca le perdí el respeto. Antes sólo le dije que le envidiaba. Y puede que al decírselo fuera más sincera de lo que reconoceré jamás.

Me volvió loca. Con él lo entendí todo. Entendí qué es perder la cabeza, qué es un corazón hecho añicos, con él entendí qué es desvivirse por alguien, porque sin él mi vida no tenía sentido. Y con él nunca fui del todo yo.

Me carcomía.

Lo llamé desde Ibiza. Había vuelto de un viaje a Formentera y mi barco no salía hasta cuatro horas más tarde. Lo llamé no sé por qué, no le había llamado antes. No contestó. Tampoco sé por qué me devolvió la llamada unos minutos más tarde, si él nunca devolvía las llamadas a aquellos números que desconocía. Hacía dos o tres años que no nos veíamos, sólo nos escribíamos e-mails. Obsesivamente, enfermizamente, locamente. 

Le dije: estoy en Ibiza. Me dijo: vengo de correr, nunca respondo a los números desconocidos. Le dije: qué puedo hacer por aquí. Me dijo: nos vemos mañana.

Me llamó justo cuando estaba en un funeral; era el funeral del padre de un amigo. Quedamos para tomar algo. Él no bebe alcohol. Dejó de fumar a los cinco años y decidió puerilmente que también era un buen momento para dejar de beber. Pedí una cerveza, dos. Él Coca-Cola, como siempre. Durante mi viaje a Formentera había pensado en él. Mucho. Todo el rato. Le deseaba como creo que no he deseado nunca a nadie.

Fuimos a su casa. Su casa está justo encima del mar, es como un barco. Me prestó un bikini que no sé qué hacía ahí (dijo que era de su hermana, pero claro-claro-y-qué-más) y bajamos por la escalerilla hasta el agua. Nadamos en la oscuridad. 

Nos abrazamos.

Le dije: no. Pero él entendería que empiezo así, con evasivas. Follamos. Le dije: llévame a casa. Respondió: gracias por ponérmelo fácil. Y me convertí en aquella mujer sin nombre que eran todas las mujeres a las que se refería en sus artículos misóginos, que poco a poco dejaron de serlo. O, por lo menos, no lo eran tanto.

Fuimos felices, y él no se dio cuenta. Me mantuvo en la clandestinidad y yo respeté aquel silencio durante meses. Era un silencio en público, tal vez tímido, tal vez avergonzado, que no se correspondía a los e-mails y las llamadas que continuábamos dedicándonos. Quizá tuviera un miedo infantil seguramente a sentir demasiado, a hacerse daño. Quizá le horrorizaba el qué dirán. Yo no era más que una niñata. No era nadie.

No lo sé porque no lo entendí. Y entendí todavía menos que desapareciera. Dejó de llamar, de escribir, no contestaba a mis mensajes. Entonces, por primera y última vez en mi vida, sentí que me moría. Sentí que me ahogaba, que perdía la cabeza, que no tenía ni puta idea de qué tenía que hacer.

Iba de casa al trabajo, del trabajo a casa, no pegaba ojo, no comía, sólo consultaba el correo electrónico, el teléfono, no podía creer que él ya no estuviera al otro lado. 

Nada es más contraproducente que intentar olvidar a alguien. Se había impreso en mi cerebro como su nombre estaba impreso en aquella última página del diario; retumbaba en mi pecho como había oído hablar de él desde que era pequeña en casa.

Y encima no podía contárselo a nadie porque soy una chula y no hay hombre que me toree. Lloré. Mi abuela siempre dice que su padre siempre decía: no hay hombre que merezca una sola lágrima de mujer.

Salí con otro sin olvidarle, del mismo modo que también había salido con otros mientras (y entonces me di cuenta), en el fondo, siempre había pensado en él. Incluso en Formentera, donde fui con otro de tantos. Incluso antes, cuando nos conocimos y casi me invitó al cine y yo tenía novio oficial y él tenía novia clandestina, y no llegamos a ir al cine juntos porque no llegó a llamar, pero me lo encontré allí con ella de todos modos, y ella me saludó porque acababa de hacerme una entrevista de trabajo para la tele, y él no me saludó.

Pasaron los meses. Yo estaba más o menos contenta con ese nuevo novio apañado, un chico francés bastante guapo que había conocido por Internet. Poníamos películas de Rohmer en DVD,  le pedí que me llevara a la Bretaña después de ver Conte d'été. Dijo que vale.

Entonces reapareció. No estaba preparada para eso. Todo se derrumbó a mi alrededor. El suelo se abrió bajo mis pies. Volví a llorar, esta vez en sus brazos. Volvimos a ser felices. Volvió a no darse cuenta. 

Me recuerdo delante de su casa, sentada en una terraza irlandesa con una pinta de cerveza esperando que volviera del gimnasio sin que él lo supiera, escribiendo en uno de esos cuadernos en los que me atrevía a insultarle. Recuerdo mirarme y pensar: estás loca. Recuerdo preguntarme: y qué harás cuando llegue. Recuerdo haberme dicho: tú no eres así.

Y ver su coche, el corazón da un vuelco, sentir la más humillante de las vergüenzas. Pagar la pinta y largarme sin que me viera.

Luego pareció que todo iba bien. Sobre todo recuerdo su olor, a jabón o a suavizante, a ropa nueva. Hoy he entrado en una tienda Massimo Dutti y olía igual que él. Su nariz brillaba al volver del gimnasio en el que pasaba una o dos horas todos los días. Salía un momento de la redacción, iba a ese hotel de lujo con Spa, se machacaba en la cinta para correr. No sé si fue verdad o en una de sus fantasías donde se tiró a una guiri en las duchas, quizá después de intercambiar unas miradas en la sauna. 

Regresaba al diario, trabajaba hasta la madrugada. Mens sana in corpore sano. Y la cena en el microondas.

A veces (pocas) me dejaba en su casa mientras él iba a trabajar. Tiene una de las mejores bibliotecas del mundo y yo me acurrucaba en el sofá, leía y el sol se metía de puntillas en el mar al otro lado de la ventana. Entonces yo sentía que todo iba bien, que todo iría bien. Sentía que éramos felices.

Pero luego era capaz de decirme: pasamos demasiado tiempo juntos. Era capaz de cabrearse conmigo por haber discutido en una pizzería. Aparcaba fuera del garaje para que yo entendiera que aquella noche no dormiría con él. Íbamos al cine, a cenar, nos reíamos y, de pronto, soltaba un: parecemos un matrimonio. Me dejaba en la puerta de la casa de mis padres.

Un día me dijo: no vengas.

Tres minutos después recibí otro mensaje de otro hombre perfecto que decía todo lo contrario: fúgate conmigo este fin de semana.

Me fugué y así conseguí huir. También lo conseguí porque mi amiga La Loca Que Ya No Lo Está me contó en qué consiste el síndrome de Asperger. Me llamó desde una estación de Pamplona y me explicó que había ido hasta allí por un hombre. Después de pasar la noche con ella, aquel hombre le dijo que volviera a casa.

Ahora el trastorno ése de Asperger se ha puesto de moda; es algo así como una variante suave del autismo que afecta a personas supuestamente más inteligentes que la media o a personas supuestamente interesantes.

Aquel hombre perfecto apenas recuerda nada. Pretendió que yo también lo olvidara todo y volviéramos a empezar. Se murió su padre, no sé si eso tendrá algo que ver. La cuestión es que, casi de repente, dijo que nos correspondía estar juntos, que la única manera en la que podíamos concebir nuestras vidas era así, la una con el otro y al revés. Me pidió que me casara con él.

Continuaba obsesionado con los términos. Primero necesitaba el concepto "juntos". Preguntaba constantemente si estábamos juntos. Luego insistió en que no éramos amigos. "No somos amigos", decía. Nunca seremos amigos.

Y ser su amiga, o que él sea mi amigo, es lo único a lo que aspiro. Él no.

Le quiero porque quiero a todo aquel a quien he querido alguna vez. Ya no estoy enamorada de él. Y a veces me pregunto si realmente lo estuve o simplemente lo adoré. Como se adora una vaca sagrada. Intocable. 

También me pregunto si él lo supo desde el principio.

En casa apenas se menciona su nombre. Sus artículos ya no son tan buenos. Creo que sigue viviendo sobre el mar. 

El otro día me enteré de que sale con alguien de su edad. Alguien que a lo mejor sabrá enseñarle a amar. Alguien que le ama de verdad. Alguien que, por fin, le habrá quitado el miedo. 

Y aunque en otra época ese alguien me hubiera gustado ser yo, ahora me alegro. Le escribí para decírselo. 

Evidentemente, no contestó.

9 comentarios:

Jesús Moguel dijo...

que bonita historia, que hermoso escribes, viví tu historia, je, saludos talentosa!!!.

Electro Duende dijo...

Me alegra que esté de moda ahora lo del síndrome de Asperger, yo creía que fue hace 2 años

al dijo...

"No contestaba a mis mensajes." Esto me suena. ;-)

Anónimo dijo...

Fiu! por un momento pensé que el hombre era Baltasar Porcel y he estado al borde del desmayo hasta la última línea...

Electro Duende dijo...

No jodas! Baltasar Porcel se ha muerto! que pena

Anónimo dijo...

precisamente por eso!

berti dijo...

Joder. Qué prosa, y qué historia, y qué razón tienes, joder. Eso de confundir la admiración con el amor, ¡y sostenido en el tiempo!, pasa, pero también se pasa.

Besos

Zittric dijo...

Enamoramiento o adoración?, "como quien adora a una vaca sagrada, INTOCABLE."

Eres genial Mel...cada vez, y cada vez.

SALUD!

glo dijo...

me gustó mucho la historia. Es inevitable no sentirse identificada en al menos unos cuántos párrafos. Me encantó esta parte: Alguien que a lo mejor sabrá enseñarle a amar. Alguien que le ama de verdad. Alguien que, por fin, le habrá quitado el miedo.

saludos!