domingo, 19 de julio de 2009

En mi lugar

Tiene nombre de verano, es maño y se ha propuesto escribir un cuento como si lo hubiera escrito yo. Su cuento empieza así:

"Si las historias no vienen a mí, soy yo la que sale a buscarlas.

Diana Cazadora.

No sabía qué clase de historia me esperaba en Zaragoza. Podía ser una gran historia o podía ser una historia de mierda. Tampoco me lo planteé. Plantear debe de venir de plantar, y a mí las plantas, como los semáforos en ámbar y como las camisas sin arrugas, me ponen triste. Y sólo hay una cosa que odie más que la tristeza: la cerveza caliente".


Y bueno, si no fuera por eso de "Diana cazadora" habría pensado que, efectivamente, dejé estas líneas apuntadas en algún cuaderno que luego olvidé, en uno de esos posts que están en el archivo "Borradores" y ahí se quedarán porque por algo son borradores, porque su función es borrar lo que tenían que decir y ya no lo dirán jamás.


Leo el texto que mi amigo estival ha intentado escribir en mi lugar mientras pruebo una de esas cervezas un poco tristes y calientes que acabo de comprar en el colmadito de la colombiana con voz de pito, y recuerdo que fui a Zaragoza precisamente por eso, porque ser musa es un coñazo, y si tengo que pasarme la vida esperando a que un bardo capullo me cante las cuarenta o mil canciones de amor, voy lista. Soy más aventurera que eso, y aquí canto yo.

El texto podría ser mío y pienso decírselo a mi amigo: joder, qué cabrón, me has pillado, casi me confundes. Pero hay algo que me inquieta un poco: ¿por qué me ponen triste los semáforos en ámbar? Por su construcción, la frase podría ser mía, insisto; por su sentido, no. Los semáforos en ámbar no me ponen triste porque no me dan tiempo. Los semáforos en ámbar son como esas llamadas del administrador de fincas cuando te pregunta: "¿te quedas por cuarenta euros más al mes o te largas? Dímelo antes del viernes". Y a ti te salen sarpullidos porque el viernes es ya, y esa decisión condicionará los próximos cinco años de tu vida.

Pues los semáforos en ámbar son parecidos, porque de repente tienes que tomar una decisión en décimas de segundo: ¿das el paso aunque tengas que cruzar corriendo al otro lado y con el riesgo de que te atropelle un trailer? ¿o te quedas viendo cómo el semáforo se pone en rojo, pasan los coches por delante de tus narices, esperas en la acera uno o dos minutos que podrían alterar tu vida para siempre?

En las calzadas de Barcelona han pintado unos mensajes con letras blancas para que recuerdes la cantidad de gente que muere atropellada cada año por culpa de sus decisiones precipitadas.


Los semáforos en ámbar me dificultan la vida a diario porque nada se me da peor que tomar decisiones, y los semáforos son impacientes, impertinentes y tienen algo de profesor de spinning o de aerobic, un-dos, un-dos, vamos, vamos.

Mi amigo estival sabe algo de aerobic, pero no porque se haya apuntado a un gimnasio y se ponga una cinta en la cabeza y unas mayas de licra todos los lunes por la tarde, que no lo hace. De repente, le dio por hacer pesas. Se compró unas, y ahora, además de leer como nadie y de intentar escribir como yo por puro divertimento, hace ejercicios con las pesas cada día. Las pesas ésas pesan un huevo, que yo las he cogido alguna vez.


Pero cuando lo conocí, mi amigo todavía no se había comprado las pesas; ni siquiera tenía aquella obsesión por estar echando barriga que tuvo luego. O, en cualquier caso, no me hizo ningún comentario al respecto.


Siguiendo con su texto, las horas previas a conocernos fueron más o menos así:


"Si tengo que elegir un número, elijo siempre el número trece. No es por tentar a la suerte. En el que debería haber sido mi asiento viajaba una mujer a la que no le veía más que el brazo y el abanico. Estuve muy atenta al abanico y no lo abrió ni una sola vez. Cuando no lo movía de un lado a otro lo hacía girar, sin abrirlo. Ella sí que estaba nerviosa.

El autobús hizo una parada poco después de que cruzáramos el Meridiano de Greenwich. Pensé que cruzar por aquel arco era como atravesar el arco iris. Qué idiotez".


Creo que aquí ya no me pilla tanto el tono. Es decir: no entiendo por qué tendrían que ponerme triste los semáforos en ámbar, pero a veces no entiendo muchas cosas que digo o escribo. En cambio, aquí hay tres cosas que nunca sería capaz de mencionar, ni oralmente ni por escrito. Una es el verbo "elijo". Otra: "ella sí que estaba nerviosa". A mí qué me importa esa señora. Y la que seguro que no saldría de las teclas de este ordenador adquirido en la tienda Apple de la Quinta Avenida de Nueva York hace cuatro meses es: "arco iris".


Mierda, pero si el mismo nombre del arco ése de los cojones es de un cursi redomado. Me recuerda a la canción de la abeja Maya y a la serie de los Osos Amorosos y a los abrazos de los Teletubbies y lo siento por los gays, pero joder, ya podían haberse buscado un símbolo un poco menos new age. El arco iris es cursi en sí, como cualquier cosa que: a) contenga colores pastel. b) contenga el color malva-rosa. c) combine varios colores. Y a mí lo cursi no me va.


A ver, puedo ponerme sentimental cuando me enamoro o me acuerdo de mi abuelo, o pienso en lo bien que follaban aquellos hombres supuestamente interesantes con los que nunca volveré a acostarme. Puedo ver una puesta de sol o la película Mishima y ponerme a llorar por culpa de la belleza. Pero eso tiene sentido. Además, en la película Mishima no he llorado por la puesta de sol ni porque el tío se destripe con un cuchillo jamonero, sino porque al principio el tío cree que las palabras no sirven para nada y al final descubre que lo que no sirve para nada es actuar. Total, que es un poeta incomprendido.


Pero en fin, estábamos hablando de por qué mi amigo estival la ha cagado suplantando mi identidad. La verdad es que no recuerdo en qué asiento me senté en el autobús, la vez que fui a Zaragoza para conocerle. Pero sé que me puse los cascos para no tener que hablar con la pija que se sentó a mi lado, que apestaba a perfume caro, y me puse a mirar por la ventana y hacía calor; tanto, que el conductor tuvo que levantar la trampilla que había en el techo del autocar para que pasara un poco de aire. Y lo cierto es que no fui consciente de cruzar el Meridiano de Greenwich ése, pero sí recuerdo que, delante de los Monegros, me dije: coño, pero si esto no es un desierto ni es nada, que está todo verde. Y envié un mensaje de texto a mi amigo estival comentándole, pues eso, que vaya mierda de desierto.


Luego llegué a Zaragoza:


"Me había dicho que la puntualidad no era la mayor de sus virtudes, pero yo sabía que estaría esperándome en el andén, puntual como un adolescente en su primera cita. En lugar de un ramo de flores llevaba un periódico arrugado. Los ojos le sonreían".


Diría que aquí mi amigo estival ha dejado de ponerse en mi piel para cubrirse con el abrigo de aquella chica que a él le hubiera gustado que yo fuera. No es que sea una loba con pellejo de cordero ni nada de eso, pero tiendo a ser bastante más... Bueno, fría no es la palabra y menos un verano en Zaragoza. Pero en fin, que sí, que sabía que él estaría allí, pero sólo porque mi autocar llegaba con media hora de retraso. Sabía que estaría nervioso, forma parte de las citas a ciegas. A mí no me afectan mucho por culpa del trabajo, me paso la vida quedando con desconocidos a quienes hago preguntas impertinentes. Mi madre solía decirme: no hables con desconocidos. Y al final, no sólo hablo con ellos, sino que los entrevisto y les pregunto por sus trabajos, sus aspiraciones, sus intenciones. Y somos una pandilla de narcisistas, nos encanta hablar de nosotros mismos. Ni siquiera por éstas diría que les conozco.


A mi amigo estival lo reconocí enseguida. Todavía no sé por qué. Seguía en aquel asiento junto a la ventana, me quité los cascos en cuanto el autocar se metió en el parking aquel tan fashion que construyeron con la excusa de la Expo. Y lo vi. Estaba junto a la pared blanca, sin apoyarse, es verdad que llevaba un periódico en las manos, un periódico arrugado, era El País o La Vanguardia, creo, llevaba unos pantalones modernos, un poco estrechos.


Bajé del autocar y me acerqué a él.


No sé si ha continuado ese relato que escribe como si lo estuviera escribiendo yo. A mí sólo me ha enviado este fragmento que aquí publico sin su permiso. Al fin y al cabo, si realmente lo hubiera escrito yo, probablemente lo habría publicado aquí.


Nos dijimos hola, nos besamos en las mejillas y discutimos de camino al bar de la estación donde los nervios pasarían con un par de cervezas. Me enseñó mucho más que Zaragoza y nos conocimos como sólo pueden hacerlo dos desconocidos.


Pero todo eso aún no está escrito.


Me gusta que se ponga en mi lugar para mirarse. Me gusta cómo me ve. Me gusta cómo ve que le veo. Es casi verdad cuando escribe: "Los ojos le sonreían". Sólo casi. Porque nos sonreían a los dos.




6 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola,encontré tu blog por casualidad y brindo por ti con una Woll Damm bien fria...!salud!

al dijo...

¿Has leído esto?

vaderetrocordero dijo...

La primera vez que tuve una cita a ciegas me llevaron mis padres. Y me enamoré como solo un gilipollas de quince años puede hacerlo: perdí diez quilos en una semana.

Las siguientes veces también han dejado bastante huella, pero el caso es que siempre sirven (a mí o a ella, a veces a ambos) como punto de inflexión para algo. Y los Monegros son un cruce de caminos perfecto para vender el alma al diablo.

Electro Duende dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
martin dijo...

nombre de verano.... ¿Chiringuito Pérez? ¿Benidorm López? ¿Meduso? ¿Miravent Martínez?

berti dijo...

Coincido con etrocordero; suelen marcar un antes y un después, es decir, suele ocurrir algo, algo importante. Ahora mismo me encuentro en uno de esos después, matizo.

Y matizo que me encanta este blog.