lunes, 23 de junio de 2008

Las brujas de Sant Joan

No lo supe entonces. Era una noche como ésta y, hasta cierto punto, resultaba normal que aquellas brujas se los llevaran.

Creo que aquel fue mi primer Sant Joan en Barcelona. Y recuerdo haberme aburrido y también haberme morreado con un tipo por aburrimiento. Un par de días más tarde, me citó en el Bosc de les Fades, y no supe llamarle hortera, y acepté, y sé que volvimos a morrearnos y que pensé: a ver cómo coño te quitas a este tío de encima.

Fue mucho más fácil y mucho más duro de lo que esperaba. Al llegar a casa (entonces no tenía móvil), el teléfono sonaba por enésima vez aquella tarde. Al otro lado, mi amante habitual, el primero con el que recorrí esta ciudad a lomos de una moto amarilla, con el que busqué aquella nave industrial en la que se instalaría con sus amigos, el mismo con quien pasaba casi todos los fines de semana, me lo dijo:

-N tuvo un accidente y ha muerto. Y M... bueno, lo llevaron al hospital, pero tampoco pudieron salvarle.

No sé por qué no fui a la fiesta que habían organizado en la nave industrial aquella noche. Ni puedo imaginarme a los demás esperándolos. M y N vivían con aquel primer amante habitual, pero fueron a comprar hielo, o a cenar a casa de sus padres, o qué se yo. Algo hicieron, antes de la fiesta, que les obligó luego a coger el coche. Y al principio la gente ni siquiera se dio cuenta de su ausencia, y luego poco a poco fue haciéndose tarde. Y en cuanto fue de día, tras la noche más corta, habían pasado de preguntarse a entender de pronto demasiadas cosas.

Recuerdo que me puse a chillar por teléfono, una reacción extraña, no me imaginaba a mí misma tan melodramática, tan de culebrón.

Luego todo fue raro, mi amante sólo llamaba para que lo supiera, por si quería ir al funeral, me trató como si yo siempre hubiera estado al margen, como si no fuera más que lo que él había querido que yo fuera: otra más de las amiguitas de.

Sonó Springsteen y Entre dos aguas, y yo recordé absurdamente que M acababa de decolorarse el pelo, y seguiría creciendo allí dentro, amarillo, y recordé que solía encontrármelo por casualidad, ahora en esta calle, ahora en esta otra. Con una amiga lo llamábamos el Abejorro, vete a saber por qué. Y que su mito era Mister Bean, y que hacía la lateral por la casa de su padre, y que, una mañana, mientras dormía con mi amante habitual, se metió en nuestra cama.

No sé cuántos años han pasado desde entonces y lo que me sorprende es no saber exactamente cuántos años han pasado.

Una noche, poco después, se me aparecieron en sueños. Dice un amigo mío que los sueños son el lenguaje de los muertos.

Yo estaba en una terraza; abajo, en el patio, el Abejorro hablaba con la que fue su última novia. N vino y se puso a mi lado, y pregunté. Me dijo que estaban bien.

Mi abuelo me dijo prácticamente lo mismo, y la verdad es que ambos parecían felices y convencidos. Mi abuelo, además, añadió que quería que supiéramos que nos había querido muchísimo.

La versión de otra conocida que se colgó de una lámpara del techo, años más tarde, era algo distinta: ella confesó que se aburría. Que la muerte era como una especie de voyeurismo, en el que puedes observar, pero no participar en nada. "Demasiado aséptica", fueron sus palabras. No sufría, pero tampoco era capaz de disfrutar; mucho menos de divertirse.

M y N, en mi sueño, sí parecían contentos. N nos echaba un poco de menos, seguramente M también, pero ya se les pasaría.

Hace algún tiempo que las obras de Diagonal Mar derrumbaron aquella nave industrial que busqué con ellos y en la que vivieron.

Odio los petardos y no saldré. Huele a pólvora, los vecinos de enfrente bailan con bengalas en la misma terraza donde montaron la Toy. Para mí, M y N siempre serán mayores que yo, más vivaces, más expertos.

Creo que tengo seis años más que los que alcanzaron ellos cuando dejaron de tenerlos.

7 comentarios:

Lui Lu dijo...

Si es verdad que se puede hablar con ellos, seguro que ocurre en los sueños... En madrid hay tormenta, la gente baila bajo la lluvia y yo hago gazpacho en la cocina. Uno se siente un poco raro cuando no comparte la fiesta colectiva, pero al día siguiente ya no es fiesta, ya no llueve, y puede uno volver a empezar y bailar sin celebrar nada, sólo por el simple hecho de estar ahí y seguir cumpliendo años, por ejemplo, o porque ya no es obligatorio bailar.
Un saludo

martin dijo...

Acabo de volver a casa. He tenido que salir obligado, porque es mi noche y hoy me queman, como repiten mis colegas hasta la saciedad.
Me encuentro con esto y no sé qué decirte, Mel.
Sólo que por enésima vez me has puesto la piel de gallina y, qué coño, me has hecho llorar.
Qué días éstos tan extraños.


Buenas noches.

Zittric dijo...

UF!!!!

SIN PALABRAS

SALUD.

Ficticio dijo...

Vive rápido, muere joven y deja un cadaver bonito.

Vivir en un loft, que guay dubo ser

En el Nucleo dijo...

me ha dejado de piedra la entrada.
muy buena,a la vez que muy triste.
y si,los muertos siemopre se reaparecen en los sueños.
un saludo

Benjuí dijo...

Hay amigos que mueren jóvenes para que siempre recordemos lo fácil que resulta pasar al otro lado.

(Las fiestas de San Juan me recuerdan siempre a un setter que teníamos en Barcelona: el pobre sufría lo indecible con los petardos)

chexpirit dijo...

Yo no creo en los muertos. Nunca he visto ninguno.