domingo, 6 de diciembre de 2009

Viejo cuento inacabado

-Qué pena que seas tan triste-, suspira Erre. Y puede que esa frase aparezca algún día en una canción.

Le respondo que no es que Jota sea triste. “¿Dirías que nos parecemos?”, continúa Erre, mientras me pasa la cerveza helada por el empeine del pie. He puesto mis piernas sobre las suyas, para recostarme en el sofá donde él se sienta. Se ha hecho de día con la impertinencia del solsticio de verano, y el sol nos ha sorprendido mientras ponemos música en el ordenador. Sobre la mesa de centro, se acumulan las latas que le hemos comprado a un paki a la salida del concierto, dos paquetes de tabaco -uno vacío-, unos cuantos libros a medio leer con las páginas que guardan alguna frase que me ha gustado dobladas por sus esquinas. Si la idea que me llama la atención se encuentra en la mitad superior de la página, doblo la esquina de arriba; si está en la mitad inferior, doblo la esquina de abajo. Luego casi nunca busco lo que marqué y, si lo hago, no entiendo por qué doblé precisamente aquella página.

En un cenicero, la colilla de un cigarro empolvado en coca al que he dado un par de caladas, como siempre convencida de que eso no hace nada.

Erre acaricia con su cerveza helada mis piernas sobre sus rodillas. “Os parecéis en que los dos sois guapos, pero Jota se quedará calvo antes que tú”. Gracias, dice Jota. Es verdad. Ya lo sé. Erre no se refiere a eso. Se refiere más bien a su manera de ser. “Somos como la noche y el día, tío”, responde Jota, “pero tienes cosas entrañables, un sentido del humor bastante surrealista”. Lo dice con los ojos cerrados, mientras intenta descubrir si podría quedarse dormido en la silla Bonet que me regaló mi hermano la pasada navidad.

Y Erre: ¿Soy gracioso? Yo: “No. Nada. En absoluto”. Y Jota: Qué fuerte que te lo digan así.

No es que Jota sea triste, insisto. Pero hay personas que nacieron con un peso que no podrán quitarse de encima. Es como si supieran demasiado. Y cuando sabes demasiado, entiendes que nada vale demasiado la pena. Entonces, justamente porque eres consciente de lo irresoluble, no puedes tomarte las cosas en serio, y eso te convierte en un cínico. Lo cual no significa que no valores las cosas, al contrario. Vamos a ver, digo, piensa en un dolor muy fuerte. A mí se me ocurre el dolor menstrual, pero a vosotros… No sé, unos retortijones, un dolor de muelas. A saco. Bueno, a veces tenemos ese dolor insoportable. Un dolor constante, un dolor que lo monopoliza todo, no podemos concentrarnos en nada más, sólo queremos que pase, que pase, que pase. Y durante unos segundos, cinco o diez segundos nada más, paf, el dolor se te pasa. Nada, un momento, se te pasa durante diez segundos de mierda. Te parecen los jodidos diez mejores segundos de tu vida. Son la puta hostia. Aunque lo cierto es que esos segundos gloriosos son exactamente iguales al resto de segundos cuando nada te duele.

“Ahí lo tienes”, susurra Jota aún con los ojos cerrados. Y pienso: en realidad, qué sé yo. Sólo nos vemos una vez al año, desde hace cuatro, y siempre por casualidad. La primera fue en la fiesta de un amigo que tenemos en común. Yo llevaba una minifalda muy corta, él una buena cogorza. Me hizo gestos con otro chico para que fuera con ellos a la cocina. Allí, entre las botellas de whisky y las patatas de bolsa, me propusieron un trío, y más en broma que en serio, acepté. En la habitación donde se guardaban los abrigos, uno de los dos me abrazó por detrás, el otro me comía la boca. Entonces llegó el anfitrión, tal vez celoso, tal vez protector, y me descolgó de allí como se descuelga una cazadora.

Volvimos a vernos un septiembre, en las fiestas de la Mercè. Seguramente ni siquiera nos hubiéramos saludado si su colega y el mío no fueran también colegas. Una terraza al aire libre, eh, cómo va, unas cervezas, tocamos en un rato, qué casualidad. Me alegré de que no hubiéramos hecho nada en el cumpleaños de nuestro amigo común, porque Barcelona es pequeña, siempre hay alguien que conoce a alguien, y ése le invitó a que se sentara con nosotros. En Barcelona la casualidad pierde su nombre. Jota sacó una foto en las que aparecemos los dos saludando alegremente a la cámara de vigilancia de un banco. Y luego, en un bar, también sacó otra que no descubrí hasta un año después, en la que me beso con un rollo pasajero.

Creo que me enamoré de él la tercera vez, si es que estoy enamorada, que no lo sé. La verdad es que no lo creo. Coincidimos de nuevo en una fiesta, Jota tocaba y Erre tocaba con él. Cuarenta personas en la misma casa, exceso de alcohol, falta de camas. Los tres compartimos habitación con Pe, que roncaba.

También ahora hay alguien más. Uve se ha quedado frito.

-Entonces empezasteis a hacer aquellos ruiditos-, dice Erre.
Y Jota:
-Hemos hablado muchas veces de aquella noche.
Y yo:
-Pero si no pasó nada.
Jota otra vez:
-Di la verdad: ¿te supo mal que ella prefiriera dormir conmigo?
Erre contesta que él se lo había currado más. Le digo que me fui con Jota precisamente por eso, porque él me daba un poco de miedo, tan a saco. A fin de cuentas, a Jota ya lo conocía de antes. Y sí, nos besamos en silencio, y nos toqueteamos en silencio, y también me la metió en silencio. O, en fin, haciendo ruiditos.

3 comentarios:

Diamante dijo...

Hui que porno

Se denomina escuela cínica (del griego κυων kyon, ‘perro’), denominación despectiva por su frugal modo de vivir, a la fundada en Grecia durante la segunda mitad del siglo IV a. C. El griego Antístenes fue su fundador y Diógenes de Sinope uno de sus filósofos más reconocidos y representativos de su época. Reinterpretaron la doctrina socrática considerando que la civilización y su forma de vida era un mal y que la felicidad venía dada siguiendo una vida simple y acorde con la naturaleza. El hombre llevaba en sí mismo ya los elementos para ser feliz y conquistar su autonomía era de hecho el verdadero bien. De ahí el desprecio a las riquezas y a cualquier forma de preocupación material. El hombre con menos necesidades era el más libre y el más feliz

vaderetrocordero dijo...

Te lo dice un castellano:

Por definición una jota jamás es triste.

El fotógrafo dijo...

Todavía quedan viejos nazis entre nosotros. ¿Quieres conocer a uno? http://opalazon.blogspot.com