miércoles, 28 de enero de 2009

Hombres supuestamente interesantes con los que nunca volveré a acostarme (II)

El cronista de sucesos. Su SMS decía: "Fúgate conmigo este finde". Y yo me había gastado cien euros en un viaje que total no valía la pena y al que no fui, y le contesté que vale, que bueno. Apenas nos conocíamos, alguna broma en el trabajo, nada más. Me esperaba en su 4x4 debajo de casa y pensé que era guapo y que era pijo, y que estaba acostumbrado a mujeres que no tenían nada que ver conmigo.

Dijo: "Abre la guantera y pon el CD que quieras". Y el primer CD que vi era uno de Andy y Lucas, y si no llega a ser porque ya estábamos en la autopista, me bajo del carromato, cenicienta.

De aquella primera noche recuerdo un bocadillo en un bar de carretera, un cordel de cuero atado a su tobillo, los pies metidos en un mar helado de febrero, y un hotel cutrón con cuatro camas. Una conversación interminable en la barra de un bar, un gin tonic detrás de otro, el muy capullo no me besa y encima se pone pijama. También recuerdo que pasamos frío.

El hotel de la segunda noche, en Palamós, tenía una cama enorme y blanca, estábamos agotados y contentos, habíamos comido paella mala, él con las gafas de sol puestas, y (seguramente por desgracia) recuerda todavía lo que dije en aquella conversación. Salimos al balcón a ver las estrellas, y él bajó a comprar algo mientras en la tele ponían Willow. Dormíamos, nos besábamos, comíamos hamburguesas. Y éramos felices de un modo tan absoluto que llamé a mis padres y les dije que había conocido al hombre de mi vida.

Lo fue. Uno de tantos.

Cada vez que estoy perdida en uno de esos restaurantes de hotel, aún medio dormida, dónde coño se sirve el café, me acuerdo de nuestras escapadas de fin de semana, horas en la piscina, cervezas, sonrisas y sauna. Me enseñó a convivir y a dejarme llevar; yo no tenía carné. Recorrimos el País Vasco a salto de mata, un encuentro fortuito con unos amigos y pensión sin ventanas en la Semana Grande de Donosti, un pueblo fantasma, fotos del cielo y nuestras narices, alguna que otra bronca y, de vuelta, una tabla de surf en el desierto de los Monegros. Siempre tuvimos suerte. Y siempre nos pareció rara.

Me acostumbré a tener muertos en casa. Llegaban en cualquier momento: una mujer apuñalada por la espalda, un empresario asesinado en la escalera de su chalé, un tirano que ordenó la ejecución de nosécuántos argentinos. La mesa del comedor era la camilla de autopsias, aprendí las artes del CSI. Repásabamos los casos y tal vez resolvimos alguno. Nuestro trabajo nos apasionaba. Él sabía leerme. Yo sólo sé leer.

También me acostumbré a aquellas llamadas a las dos de la madrugada por culpa de una falta de ortografía y por culpa de una correctora enamorada. Me acostumbré al olor de su cabello en la almohada. Me acostumbré incluso a las amenazas de mafiosos y celosas, de policías y colegas.

A lo que nunca me acostumbré fue a su puto teléfono. A sus putos teléfonos, mejor, que sonaban y sonaban y sonaban. Y le iban arrebatando nuestro tiempo. No puedo quejarme; a mí ya me iba bien pasar tantas horas frente al ordenador, sin estar sola, escribiendo.

Pasamos un segundo verano juntos, primero en Jimena de la Frontera con las vacas y las moscas, botellas llenas de agua para despistarlas, luego junto al mar en Cala Figuera. Aprendimos cómo se dice cangrejo en todos los idiomas. Compramos aubarques, comimos pescado fresco, jugamos al cubiletras y bebimos litros de cerveza. También de limonada con Xoriguer.

Siempre le he querido, pero sentí que me enamoraba de él en un coche, en Menorca, cuando le miré y lloraba y dijo: "es la luz", y yo me reí, y vimos juntos aquella puesta de sol. También sentí que me enamoraba de él cuando me dio su versión sobre una ópera. Una mujer que ha perdido su alma, según él. Y aquella mujer era yo. Volví a sentir lo mismo una mañana que, en calzoncillos, se puso a bailar mientras cantaba: "Qué idea, cuál idea, el reproductor".

No todo fue bonito, se fue dos veces porque no soportaba mis dudas, mis prontos. Cuando están tristes, algunos lloran, yo tengo mal genio. Y la capacidad de provocar tensión en décimas de segundo, aunque sea en la playa más bonita y desierta del mundo. Él fue capaz incluso de extirparme todo eso.

Los problemas llegaron de fuera, o de lo que teníamos más cerca: nuestras familias respectivas. Yo estaba dispuesta a cargar con esos muertos ajenos, pero, en cambio, no sabía acarrear aquella realidad suya a carne viva. Tampoco quería que él tuviera que remover esa mierda que, de repente, me enterraba.

Dos periodistas con problemas de comunicación. No supimos entendernos. O no quisimos hacerlo.

No fue sólo eso, claro. También fueron los caprichos, la rutina. Trabajábamos juntos, vivíamos juntos, y apenas coincidíamos. Él llegaba cuando yo ya estaba durmiendo, yo me iba antes de que él se despertara. Aquellos teléfonos empezaron a ser más importantes que yo. Cuando me di cuenta, había tantos muertos en casa que tropezaba con ellos.

La calma que sólo conocí con él pese al estrés de nuestro día a día no se truncó. Pero pasó a ser una calma fría.

Tomó por costumbre desquedar conmigo a última hora. Yo quería hablar con él, decirle: no puedo más. Nos citábamos para comer. Y en el último momento, surgía un imprevisto. Tomé por costumbre dirigirme a él mediante este blog y otros escritos. Todavía sabe leerme. Cuando por fin estábamos cara a cara, me refugiaba como siempre en el sarcasmo y en el desprecio. Conocimos a una chica alemana muy guapa, por ejemplo, y le dije: "Vamos a dejarlo después de verano y estará libre; ve a por él". Ella me miró con ojos como platos.

Sólo ahora entiendo que yo estaba resentida. He intentado sentirme culpable para no reconocer que a él, de todos modos, le hubiera importado un pimiento. Concibe el amor como un acto de generosidad, provoca dependencia. Yo amo porque me da la gana. Yo amo porque sí. Eso le dije mientras comíamos esa mala paella maldita, él con las gafas de sol puestas. Él ha convertido mi libertad en un reproche, dice que necesita darle su vida a alguien para ser feliz.

Pero no es cierto: él necesita que le necesiten.

Mi abuela le adora, mi madre le adora, mis primas le adoran. Todas las mujeres lo hacen. Y a veces tengo la impresión de ser la única que sabe que no sólo es adorable.

En efecto, lo dejamos después del segundo verano. Él todavía no sabe que pasé una tarde larga dando vueltas a una misma manzana, decidiéndome, tres horas dando vueltas a la misma puta manzana del Eixample. Fui a una fiesta. Me acosté con otro. Volví a casa pasadas las siete de la mañana. Él todavía no había llegado.

Al día siguiente, los amigos que nos encontramos en Donosti dos veranos antes se casaron. Habíamos quedado para ir juntos a la boda. Pero él se retrasó, una vez más. Cuando llamó, yo ya estaba en el baile. No hizo falta decir nada.

Tres días después, pasó a recoger sus cosas.

Un año y medio más tarde, se casa. Con otra, evidentemente. Tal vez por ella los teléfonos hayan dejado de sonar, o tal vez no le importe, no lo sé.

Él quería contármelo personalmente y habíamos quedado ayer para comer. Como siempre, le surgió algo en el último momento. No pudo ser.

9 comentarios:

Fantasma dijo...

28 de enero! ¿esto de que se trata?! de una broma!?


Casa de brujas, tonces después de lo de Andy y Lucas ya se debería haber acabado la cosa.

Pos nada monada, de Figuera a la Frontera.

De ópera no se si iría pero desde luego de odas si. Oda al paradigma o a la contradición. O es que el entendimiento va mas allá de la comunicación.

"Él ha convertido mi libertad en un reproche" puede que sea más de lo que era antes.

al dijo...

A mí lo que me parece una broma es que sólo haya un comentario hasta la fecha. Si es que…

Y luego dicen que hay crisis. No me extraña: la gente se pasa el día en el Facebook, cuando debería estar dejando comentarios en los blogs.

Adu dijo...

Ja ja, muy realista.

martin dijo...

Sólo sea por que este "blogs" se merece todos los comentarios del universo.
Ahí queda el mío.
Sigo siendo adicto a tus hisotrias, meli.

Mala dijo...

Qué bien lo cuentas.

chexpirit dijo...

Comentario de relleno, porque no tengo nada que decir; tú lo has dicho todo :).

trilceunlugar dijo...

Cuanto me ha gustado tu texto, me hizo nudo

vaderetrocordero dijo...

La prueba definitiva de que te has convertido en periodista es cuando una llamada de teléfono interrumpe un polvo.

¿Qué cojones hacían los periodistas en los años setenta?

Anónimo dijo...

Él sabía leerme. Yo sólo sé leer.
Escribes increible!